El valor de un instante

En lo más escondido de un laberinto de estrechos callejones cerca de la Torre del Reloj, en Lucerna, se encontraba un pequeño taller de relojería donde el tiempo no era lineal, sino circular.
Nadie recordaba desde cuándo estaba allí, de hecho, si preguntabas, la respuesta era que lo recordaban desde siempre.

Tenía un diminuto escaparate, cubierto por una gruesa capa de polvo, en el que se podía observar un reloj de cuco colgado a un lado, al otro uno de péndulo con pesas y en una pequeña estantería relojes de sobremesa y de bolsillo.

El interior era un espacio minúsculo con un mostrador de madera; allí todo parecía haberse detenido en el tiempo, como si perteneciera a un siglo anterior.
Al entrar, una campanilla colgada de la puerta emitía un sonoro clin-clin; avisaba de la entrada de un cliente.
El relojero era un hombre menudo, de avanzada edad y manos temblorosas. Eso, unido a su extrema delgadez y su nariz aguileña, sobre la que descansaban unas lentes sin patillas, le confería un aspecto peculiar.

El hombre no reparaba cualquier reloj: solo los de cuerda, péndulo, pesas y bolsillo. Según algunos le habían oído decir, ese tipo de relojes contenían una hebra del tiempo y él sabía cómo tensarla o aflojarla con precisión.

Los que habían entrado en su taller sabían que no cobraba dinero; solo pedía una historia, algo que justificara la urgencia de alterar el curso natural del tiempo.

Una tarde, el clin-clin de la puerta avisó al anciano de que tenía un cliente. Al salir, vio a una mujer joven, menuda y encorvada. Parecía a punto de desmoronarse y su voz, cuando pudo articular palabra, era quebrada. Un susurro ahogado por el llanto: su hijo acababa de morir en un accidente absurdo.
—No quiero que me dé años, solo un minuto. Uno solo —le suplicó al hombre.

El relojero no respondió. Sus ojos ocultos tras las lentes se clavaron en ella; parecía ver más allá de su tristeza. Se giró despacio y de una vitrina polvorienta que había a su espalda sacó una cajita. La colocó lentamente sobre el mostrador. Parecía un viejo reloj con una sola aguja que en la parte superior tenía una pequeña esfera de cristal, como un embudo. Con cuidado la llenó de agua y la aguja comenzó a girar en sentido contrario al habitual.

—Cuando la última gota de agua caiga —dijo—, estarás allí, donde él esté, pero no podrás quedarte. Es solo un soplo, un aliento, lo que puedas obtener de ese instante… es tuyo.
La mujer asintió, sin comprender del todo lo que el hombre le decía.
La última gota cayó, la mujer parpadeó y el taller se desvaneció.

Estaba en el parque, el sol tibio le calentaba el rostro. Frente a ella, su pequeño reía y sus ojos la miraban.
—¡Mamá! —dijo el niño con voz alegre, mientras extendía sus manos hacia ella.
Quiso abrazarlo, pudo percibir el aroma a la colonia que le había puesto esa mañana, pero notó una fuerte punzada en el pecho y se sintió arrastrada. Al instante se encontró de nuevo frente al mostrador. Sus ojos estaban húmedos por el llanto y sus manos crispadas, como si quisieran retener a su hijo.
—El niño se ha reído, me ha dicho «mamá»…

No fue la única; cada vez más y más personas acudían al taller: un viudo que quería revivir la última cena que tuvo con su esposa, un hombre arrepentido que deseaba borrar una traición, una anciana para despedirse de su hermana… Todos salían del taller con un recuerdo renovado y también algo perdido. El tiempo cedido exigía un equilibrio.
El relojero, cada vez que llenaba la esfera de agua, envejecía un poco más. Era casi imperceptible, pero su cuerpo iba perdiendo parte de su vida.

Con el tiempo, las fachadas de los edificios de Lucerna se cubrieron de carteles luminosos. Las calles se llenaron de prisa y la gente que miraba las pantallas, que vivía en la inmediatez de la siguiente notificación, pareció perder el interés por buscar un minuto robado al pasado. La memoria se había vuelto caprichosa y voluble, se ahogaba en el ruido de lo digital.

El pequeño taller, su escaparate y sus relojes anacrónicos, un día sin más, dejaron de estar.

Cuentan que si caminas por esas calles en noches sin viento, aún se puede oír un débil tic-tac. Dicen que el relojero sigue por allí detrás de una puerta, que solo se abre si quienes la buscan saben comprender el valor de un instante.