Los secretos del bosque

Parte III de IV

Diario de la última guardiana de Alibarán. Año 980 del Reino de Ludatar

Hoy, el cielo se tiñó de rojo como nunca antes se había visto. Las dos lunas estaban oscuras; parecían veladas por un manto de sombras.

Desde las almenas de Alibarán observamos cómo las hordas de los Baklart descendían de las montañas, arrollando todo a su paso como un río imparable. Su pendón, una serpiente de dos cabezas, ondeaba en el viento como un presagio de muerte.

Las defensas de Alibarán cayeron antes del anochecer. Los gritos de los aldeanos resonaban como un eco interminable mientras las llamas consumían la ciudad.

La Reina Tanydra, nuestra soberana, luchó hasta el último aliento en la Torre de Jade, pero ni siquiera su magia ancestral pudo detener la furia de Valirtar, el rey de los Baklart.

Ahora, espero la muerte escondida en este valle. He sido durante años guardiana de las almas de todos los que murieron para defender el reino. Sé que nadie leerá nunca estas palabras, pero en el caso de que alguien lo haga, le pido que rece la oración sagrada por nuestros muertos.

Con mi muerte se han quedado sin nadie que las proteja y vagan a la espera de que alguien interceda por ellas. Soy Valinar, la Impura, y yo no puedo hacerlo.

Debe encenderse la llama de la antorcha sagrada de Nyssariom. Su luz iluminará el camino de todas las almas perdidas hacia su eterno descanso.

Salmo de las Estrellas Retilantes 7:18, página 643 del Libro de Alibarán

«Oh, almas que han cruzado ya el velo, que la llama sagrada de Nyssariom y las estrellas os guíen en la eternidad.

Que el eco de vuestros nombres resuene en el viento y que la luz de Alibarán nunca se apague en vuestros corazones.

Descansad ahora, bajo el manto de los cielos infinitos. Que las dos lunas de Quirisal os sirvan de estela».

Los cuatro estaban como clavados al suelo, no entendían nada. Todo aquello parecía más una broma, fruto de una cámara oculta, que algo real. La historia que acababan de leer parecía de cuento, como la de las sagas fantásticas que tanto abundan hoy en las librerías.
Pero además, estaba todo lo demás, las sombras, no encontrar el pueblo, ese prado de golpe en medio de la carretera, esa casa como de otra época. Por no hablar de lo que acababan de leer, parecía como algo de otro planeta.

—No sé vosotros —dijo Laura— a ver, ¿de quién ha sido la idea? Parece todo una broma. ¡Oye, Juan! ¿Esto no será cosa tuya, verdad?
—Laura, mi capacidad para las bromas no da para tanto ¿y lo de la otra luna? ¡Qué! ¡He colgado un candil del cielo!
—Perdona, Juan, me he dejado llevar. Está claro que, aunque no entendamos nada, esto no puede estar preparado.
—Yo os voy a decir lo que pienso —dijo Andrés—. No sé cómo, pero no estamos en la Tierra. Ya sé que parece una locura, pero es que lo de las lunas…
—¿Qué creéis que debemos hacer? —preguntó Laura.
—Creo —dijo Bego— que por alguna razón hemos llegado aquí. No sé cómo ha sido, pero mi intuición me dice que debemos hacer lo que dice el libro. Tenemos que encender la antorcha y leer la oración. Creo que, no sé cómo ni porqué, todo lo que nos ha pasado está conectado y hemos sido escogidos para liberar esas almas.

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