Guardiana de la memoria

Angelita Huenuman – Victor Jara

Todos sabían que Elena era la guardiana de la memoria familiar. Desde niña, el desván polvoriento de la vieja casona del pueblo le atraía más que jugar con sus primos en el jardín. Allí, rodeada de fotos descoloridas, cartas amarillentas y grabaciones olvidadas, comenzó a desarrollar su pasión: preservar el pasado de su familia. Aquellos objetos no eran solo «cosas viejas», como algunos decían; eran el alma de quienes habían existido, retazos de la vida que unían a varias generaciones.

Con los años, el desván se convirtió en un archivo viviente: estanterías repletas de álbumes, cintas de casete, cartas y cintas de super 8, que visualizaba de vez en cuando en un viejo proyector; cada rincón albergaba un tesoro. La casona, aunque desvencijada y deteriorada por el paso de los años y el semiabandono, seguía albergando el alma y las raíces de los suyos.

—¡Elena, la casona está ardiendo! —dijo su primo Tomás con voz quebrada cuando ella cogió el teléfono esa noche—. ¡Ven rápido!

El mundo de Elena se vino abajo al escuchar esas palabras. Tomó las llaves del coche y, medio en trance, condujo la hora que había hasta el pueblo con una sola idea: salvar todo lo que se pudiera.

Cuando llegó, el espectáculo era desolador. Las llamas devoraban las ventanas superiores y una nube negra cubría el cielo.
—¡No puedes entrar! —le gritó Tomás, agarrándola del brazo, al ver que se iba directamente a la puerta del caserón.
Pero ella no veía el peligro, solo veía la pérdida que el fuego suponía. Lo que allí había no eran solo objetos, eran su identidad, eran la memoria viva de sus antepasados.

El calor y el humo le sacudieron el cuerpo al cruzar la puerta, pero su determinación era más fuerte. Subió corriendo al desván, las llamas ya habían comenzado a lamer las viejas estanterías. Con manos temblorosas fue recogiendo todo lo que pudo: algunos álbumes de fotos, la caja con las grabaciones, las películas y varios paquetes de cartas atadas con cordeles.

El aire se estaba espesando, el fuego rugía, su corazón latía al ritmo de una sola idea: salvar las raíces de su historia.
Cuando salió tambaleándose a la calle, abrazando lo recogido contra su pecho, los vecinos y bomberos la rodearon.
—¡Estás loca! Podrías haber muerto —dijo Tomás, entre lágrimas.
—No podía dejar que desaparecieran —murmuró Elena con el rostro cubierto de cenizas.

Las llamas consumieron la casona. En su regazo, Elena, sostenía los restos del pasado de su familia, los fragmentos que mantendrían viva su memoria. Aunque la pérdida era grande, lo que había rescatado era suficiente para que las historias, las voces y los rostros continuaran iluminando el presente y el futuro.

Elena supo entonces que su labor no había terminado. Lo que había perdido nunca podría recuperarse, pero lo que había salvado ardería más brillante que cualquier llama: era el fuego de la memoria, inextinguible, que debería seguir custodiando.

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