Limpiar a fondo
Cuando sonó el timbre a las ocho de la mañana, Martín fregaba con meticulosidad el plato y la taza del desayuno; un hábito de cuando era policía: lo que no quieras que se vea, hay que limpiarlo a fondo.
No esperaba a nadie.
Abrió la puerta sin prisa. Delante de él estaba una joven, con un traje pantalón gris oscuro y el pelo recogido en un moño prieto, que sostenía entre sus manos una caja de cartón. Martín tardó un segundo en reconocerla. No a la mujer, a la caja.
—Martín, buenos días. Me llamo Elena Di Santi.
Él no respondió. La miró con desconfianza; tenía ese aspecto de los nuevos, de esos que tienen ganas de arreglar el mundo.
—Inspectora —dijo él apoyándose en el marco.
La miró a los ojos, receloso, haciéndose a un lado, mientras con la mano le indicaba que pasara.
—¿Qué puedo hacer por el departamento de policía? —dijo con sorna—. Es la primera vez en estos meses que alguien de allí se interesa por mí; toda una novedad.
—¿Puedo? —preguntó, acercando la caja a la mesa del comedor.
Martín hizo un gesto con la cabeza. Ella dejó la caja, quitó la tapa y sacó varias carpetas que puso encima de la mesa: un nombre figuraba en la etiqueta, en letras rojas: «Valeria Gómez. D. P. 453/2022».
Cuando los ojos de Martín leyeron el nombre, todos los músculos de su cuerpo se tensaron. Creía que aquello ya estaba cerrado y archivado, pero no, el expediente estaba de nuevo ante él.
—No vengo por el caso —dijo ella—. Vengo por las muestras de fibras de la moqueta del maletero.
Martín sintió un escalofrío, pero no se movió.
—Se perdieron en el depósito —dijo él con tranquilidad—. Salió en el informe de auditoría.
—No se perdieron. La hoja de la cadena de custodia estaba modificada: típex. Debajo de la firma del laboratorio está la tuya; de esas que se hacen rápido, sin pensar.
Un largo silencio se hizo en el salón, solo roto por el zumbido entrecortado de un viejo ventilador.
Martín se acercó a la ventana que daba a la calle. Un coche patrulla con desconchones en el techo esperaba en doble fila.
—Claudia siempre usaba chaquetas de lana baratas —dijo mientras se volvía hacia la inspectora—. De esas que dejan pelotillas por todos lados; siempre le decía que no las comprara en el mercadillo.
Elena no sacó su libreta, no abrió las carpetas. Supo que todo había terminado antes de empezar.
—¿Era tu mujer, no, Martín?
—Era mi mujer —repitió él. Le temblaba la voz. Sonaba cansada, como con ganas de terminar—. La gente piensa que encubrir a alguien es un acto malvado. No lo es. Empiezas por una tontería, luego otra y al final el agujero se hace enorme.
—¿Dónde está Valeria? —preguntó ella sin rodeos.
—En la curva de la curtiduría, donde el río se remansa. Si bajáis la sonda en el lado este del primer pilar, la encontraréis.
Elena se mordió el labio, los puños apretados dentro del bolsillo del traje cedieron. Había ensayado tres días en su despacho; negaciones, evasivas. No esto.
—Claudia murió de cáncer hace dos años —añadió Martín mirándola fijamente por primera vez—. No le quise pedir cuentas mientras moría. Tampoco le pedí perdón a la familia de Valeria. Me largué del cuerpo y me quedé en casa, esperando que alguien mirara la hoja con típex.
Martín señaló la caja sobre la mesa.
—En el fondo, debajo de las carpetas, dejé un sobre con una llave. Es del trastero del sótano. En una caja está la chaqueta de lana, no la tiré. Me pareció que eso sería hacer trampa, más trampa.
Elena se quedó parada un momento. Cogió el sobre, no pesaba.
—Sabes lo que pasará ahora, ¿no?
—Claro —dijo él con una pequeña sonrisa en los labios—. Que al final dejaré de limpiar a fondo los platos al fregar.
Elena recogió las carpetas, se metió el sobre en el bolsillo y salió de la casa. Bajó por las escaleras, no esperó el ascensor.
El sol, que a duras penas sobresalía por la casa de enfrente, le calentó el rostro.
Subió al coche, dejó la caja en el asiento del acompañante y, echando la cabeza hacia atrás, respiró profundamente; olía a café barato y comida recalentada.
Sacó el móvil y marcó el teléfono de la secretaria del Comisario. Empezó a dar tono.
Mientras esperaba, miró hacia la ventana del segundo piso. Allí, recortado contra la tenue luz de la mañana, estaba Martín vuelto de espaldas. Luego se alejó de la ventana, tranquilo, como aquel que por fin ha terminado la jornada.
El tono volvió a sonar por tercera vez; Elena colgó la llamada.
