Los secretos del bosque
Parte IV y última
Todos se miraron, casi sin respirar, pensando que Bego tenía razón. ¿Qué podrían perder? Dispusieron todo junto al árbol y se sentaron en círculo.
Juan encendió la antorcha. Ardió inmediatamente, proyectando su luz danzante sobre el viejo libro que Bego sostuvo entre sus manos. Con voz solemne y casi reverente, comenzó a recitar el Salmo de las Estrellas Retilantes.
Cuando la última palabra se perdió en el aire, del bosque emergió un clamor profundo y vibrante. Los árboles empezaron a moverse bruscamente, como si una mano invisible los sacudiera con frenesí.
De entre ellos, siluetas oscuras y sombras comenzaron a salir ascendiendo hasta perderse entre el resplandor de las lunas que, en ese momento, empezaron a brillar con especial intensidad. La noche se llenó de siseos y susurros, como si el aire mismo respirara inquietud.
No supieron cuánto tiempo pasó, pero de repente, con la misma rapidez con la que todo había comenzado, terminó. Los sonidos de la noche volvieron; no habían sido conscientes de su ausencia hasta entonces. Una lechuza pasó sobre sus cabezas lanzándose al prado; al remontar el vuelo llevaba un pequeño animal entre las garras. Un diminuto zorro los observaba desde el fondo.
Todo parecía haber vuelto a la normalidad.
Decidieron regresar al refugio donde habían montado la tienda; no les costó nada llegar.
El fuego estaba apagado, parecía que había caído una gran tormenta de agua; la tienda y la ropa que habían dejado fuera estaban empapadas.
Exhaustos y tensos, se metieron en el saco y finalmente el cansancio los venció.
Con las primeras luces se levantaron. Los recuerdos de la noche anterior se agolpaban en sus cabezas.
—Creo que deberíamos intentar localizar el prado y la casa, para ver si de día podemos sacar algo en claro —dijo Juan.
—No debemos decir nada de lo que vimos —exclamó Bego—, nadie nos va a creer y lo más probable es que nos tachen de locos.
—Tienes razón, Bego, nos tratarían de locos —dijo Laura.
—Yo creo que mejor si nos marchamos, ya hemos tenido suficientes emociones por hoy —apuntó Andrés.
—Todos tenemos razón en lo que decimos, pero ¿qué os parece si, ahora que ya es de día, intentamos encontrar el prado donde estuvimos anoche y vemos qué podemos averiguar? —propuso Juan.
Pareció que todos estuvieron de acuerdo y, después de desayunar, cogieron el coche y se pusieron en camino.
Llegaron al pueblo y volvieron sobre sus pasos. Recorrieron varias veces el trayecto entre el refugio y el pueblo, buscando sin descanso. Pero la casa, y todo lo relacionado con aquel lugar, parecía haber desaparecido.
Al llegar al bar, preguntaron si la conocían, dándoles detalles del prado, del tejo, pero les dijeron que allí no había ningún lugar como ese; en el camino desde el pueblo hasta el refugio, quitando un par de cuadras, no había ninguna edificación.
Realmente decepcionados, decidieron volver a casa.
Ya en Estella, Juan buscó en el móvil las fotos que había sacado esa noche del cielo con las dos lunas.
Todos pudieron ver cómo, conforme las iban viendo, poco a poco se difuminaban hasta desaparecer, como si nunca hubieran existido.
Días después, todos se preguntaban si lo vivido fue real, o simplemente fruto de su imaginación.