Ya no queda nadie fuera
—Hola, Maite, ¿qué tal estás hoy? ¿Cómo lo llevan los padres?
Mientras el hombre hablaba, con un trapo y un cepillo comenzó a limpiar la lápida del pequeño panteón. Estaba justo donde las vistas, entre los árboles, se abrían al valle.
Al mirar las fotos de su padre y su suegro, recordó su afición por el julepe. La guerra los puso en bandos opuestos. Al terminar, retomaron la costumbre.
A su suegra, la Sole, mujer de sol y aceitunas, le gustaban los seises; en casa siempre se jugaba a eso. A su suegro, de pasto y caserío, ella lo había conocido en Córdoba, donde estuvo destinado al terminar la guerra.
Había sido buena idea comprarlo, lo hizo al morir su madre. Así allí estaban todos juntos. Ya no quedaba nadie fuera.
Cogió el florero y se dirigió a la fuente que había al principio de la calle.
—Hola, buena tarde, ¿eh?
El hombre que estaba en la fuente terminó de limpiar un cubo lleno de agua roja.
—Ah, hola, no le he oído llegar. Sí, hoy se agradece la sombra. Vengo todas las semanas, mi hijo… —dijo mientras terminaba de escurrir el trapo.
—Sí, nos hemos cruzado alguna vez, yo tengo a mis padres, mis suegros y mi mujer.
—Lo siento, ¿tiene hijos?
—No, por desgracia no tuvimos. Estoy solo.
—Yo tuve uno… Un coche bomba…
El hombre dejó en el suelo el cubo y con un pañuelo se frotó los ojos.
—Mi mujer no puede venir, se pone a morir. Después de tantos años… el cuerpo y la cabeza ya no le aguantan.
—Debe ser doloroso perder un hijo de esa forma.
—Aquí no todos lo entienden… casi todas las semanas tengo que limpiar su lápida. No sé a quién le molesta aún. Incluso vinieron a grabar, preguntaron cuatro cosas y se marcharon.
—Si le sirve, le diré que no todos pensamos así.
El hombre asintió, luego callaron. De fondo el sonido de las cigarras lo envolvía todo. Pasado un rato, como si se rompiera un hechizo, el hombre se movió.
—Bueno, seguro que volveremos a vernos, que pase un buen día —dijo mientras cogía el cubo y el trapo, y dándose media vuelta se marchó.
Lo vio dirigirse a la puerta arrastrando los pies por el suelo, levantando pequeñas columnas de polvo a su paso.
—Maite, acabo de hablar con uno que también lleva lo suyo encima… pero al suyo no lo deja nadie en paz.
Puso las flores en el recipiente recién lavado y, colocando su pañuelo en un poyo de piedra, se sentó.
Le gustaba contemplar aquellas vistas. En los montes de enfrente estaba el caserío donde se había criado, donde había sido tan feliz, donde se casó…
Cuando la tarde empezaba a dejarse ver, se levantó y poco a poco se dirigió a la salida. Al pasar por la fuente se paró un momento, volvió la mirada hacia la tumba que había limpiado el hombre y tras hacer un ligero gesto de cabeza, prosiguió su camino.
