La diferencia entre un loco y un supervillano

Tom Waits – Hold On

La sala era pequeña: una mesa contra la pared con dos termos de café, un paquete de pastas abierto y unos vasos de cartón. Una pizarra y un círculo de sillas esperaban a los asistentes al fondo de la habitación.
La puerta se abrió con un chirrido agudo.
El recién llegado miró alrededor. No era exactamente la guarida del mal que se había imaginado. No sabía por qué, pero esperaba otra cosa.

—¡Tú, el nuevo! Sírvete café y coge una pasta antes de que se las coma Monsieur Chantilly. Él piensa que el azúcar potencia la maldad.
El hombre que hablaba apenas alzaba metro y medio. Lucía un traje color marfil dos tallas menos, que duras penas tapaba su barriga, empeñada, parecía, en vivir lejos de él.
—Soy el Profesor Claxon.
—Yo soy Monsieur Chantilly —dijo el hombre mientras se ajustaba unas grandes gafas, imitación a las de Dolce & Gabbana.
—Tú eres Chanti, no fastidies —dijo la pelirroja que había a su lado.
¡Monsieur Chantilly! y la bocazas pelirroja, Josefa.
—Vete a la mierda, Chanti; sabes que no es ese mi nombre, que me lo cambié, me llamo Magneto Luna.
Un hombre con bombín levantó la mano.
—Yo soy el Conde Croqueta.

En ese momento entró Marcos.
Treinta y pocos años, barba descuidada, mochila de tela y aspecto de profesor de instituto cansado de la vida.
Se sentó y todos callaron.
—Buenas tardes. Si os parece, empezamos.
El recién llegado respiró aliviado al ver que alguien allí parecía normal.
—Hoy tenemos un nuevo miembro. Cuando quieras —dijo mirándolo.
El hombre carraspeó.
—Me llamo Germán, aunque durante un tiempo me conocieron como el Sombrajo.
Nadie reaccionó.
—Inventé un aparato para bloquear todos los mandos a distancia del planeta. Quería obligar a la humanidad a levantarse del sofá. Así comenzaría la revolución. ¡La dominación mundial empieza por el sofá!
Silencio, roto por algunos suspiros.
—Gracias por compartirlo —dijo Marcos con una sonrisa.
Magneto Luna levantó un dedo.
—Perdona, pero eso es una tontería.
—¡Josefa…!
—¿Qué? Mi plan era mucho mejor. Construí un electroimán para desplazar la Luna unos centímetros. Con eso, las mareas inundarían las casas de los políticos.
—No funciona así la física.
—Vaaaa, detalles…
El Profesor Claxon resopló.
—Aficionados. Yo fabriqué un amplificador para que todos los despertadores del mundo sonaran exactamente a las tres y catorce de la madrugada, hora de Madrid. Porque el número pi merece un respeto.
El Conde Croqueta sonrió con suficiencia.
—Poca imaginación. Yo pretendía hundir la economía mundial con pan rallado y palomas.
—¿Cómo?
—No llegué a esa parte.
Monsieur Chantilly levantó un dedo.
—Yo sustituí el agua potable por batido de fresa.
Todos lo miraron.
—Bueno… casi.

Marcos cerró los ojos unos segundos.
Respiró.
Contó primero hasta cinco, luego hasta diez.
No le sirvió de nada.
—Recordad el objetivo de este grupo.

Nadie le escuchaba.
—Mi manta de ganchillo iba a tapar el Sol —dijo Madame Filtiré—. Era un proyecto eco-sostenible.
—¡Mi Luna era más elegante!
—¡Lo mío tenía base científica!
—¡Las palomas estaban entrenadas!
—¡El batido tenía proteínas!

Marcos golpeó la silla con una cucharilla.
Nada.
Golpeó más fuerte.
Nada.
Un fuerte puñetazo sobre la mesa.
El silencio se hizo en el acto.
Marcos suspiró.
—Llevamos trece meses de terapia.
Nadie dijo nada.
—Trece meses intentando que entendáis una cosa sencilla —mientras hablaba los miraba uno a uno—. Nunca estuvisteis cerca de conquistar el mundo.
La gente gesticulaba y se removía en los asientos.
—Vuestros planes eran… malos. Muy malos.
El silencio en la sala se volvió incómodo.
—Mover la Luna con un imán.
Magneto bajó la cabeza, mientras se encogía en el asiento.
—Palomas saboteando supermercados.
El Conde evitó mirarle.
—Mandos a distancia.
—Batido por las tuberías.
—Tapetes de ganchillo para tapar el Sol.
Sombrajo y Monsieur Chantilly jugueteaban con los vasos. Madame Filtiré parecía una estatua.

Marcos abrió su mochila.
Sacó una carpeta negra que dejó sobre la mesa.
Todos dejaron de respirar.
En la portada solo un símbolo, una espiral roja.
Los seis la reconocieron al instante.
Nadie hablaba, de fondo el sonido suave del ventilador de techo.
Marcos abrió la carpeta.
Dentro había fotos de capitales sin electricidad.
Informes sobre satélites fuera de órbita.
Gráficas de los mercados financieros desplomados.
Recortes de periódico sobre los jefes de estado escondidos en sus búnkeres.
Una de las últimas fotos mostraba el edificio de la ONU completamente vacío.
—Hace doce años —dijo Marcos pausadamente— estuve a once minutos de hacer caer todos los gobiernos del planeta.
Nadie se movía, todos tenían sus ojos fijos en él.
—No me detuvo ningún héroe… Me detuvo una actualización automática de Windows.
Los seis soltaron el aire contenido.
Por primera vez desde que se conocían… nadie discutió.
Marcos cerró la carpeta.
—Por eso fundé este grupo.
Cogió su mochila y se levantó.
—Porque entendí que la diferencia entre un loco y un supervillano no es el disfraz, es la paciencia.
Abrió la puerta y antes de salir añadió sin girarse:
—Nos vemos dentro de quince días. Y por favor… dejad de intentar impresionaros unos a otros.
La puerta se cerró detrás de él.
Nadie dijo una palabra.
Monsieur Chantilly fue el primero en romper el silencio.
—¿Os habéis fijado?
—¿En qué?
—Marcos nunca nos contó cual era su nombre de supervillano.
Todos se miraron.
Y, por primera vez en muchos meses, nadie tuvo ganas de discutir.