El oído que no tenían

Chopin – Noctuno Op 9 nº 2

¡El gran Leonard Slavik ha perdido el oído! En los últimos tiempos, en los corrillos de luthiers de Viena, ese era el comentario que más se escuchaba.
En su taller se habían formado los mejores constructores de pianos de los últimos cuarenta años, pero ahora, a finales de 1876, solo estaba el maestro y un joven ayudante.
Ya no había pedidos.

—Ya nadie lo contrata. Ha ido gente del gremio para confirmar lo que se cuenta y efectivamente, sus instrumentos suenan desafinados.
El que así hablaba era Diti Weichsel, pianista mediocre pero con unas buenas rentas. Estaba en el Cafe Central, local de moda en esos momentos en Viena. Frente a él un hombre gordo con gafas que tocaba la tuba en la Orquesta Filarmónica, y que sabía que no tardaría en contarlo.
—Y esto no es de ahora, lleva un tiempo pasando. Se ha trasladado a las afueras a una casita que heredó de un familiar en Grinzing. Allí, en medio de los viñedos, por lo menos no romperá ningún oído. En Viena ya casi no se le ve, solo de vez en cuando va al Musikverein.

—Maestro, en el mercado no se habla de otra cosa. Todos dicen que ha perdido el oído. Comentan que está en la ruina, de ahí el mudarse.
—Tranquilo Golld, no debes tener en cuenta lo que dicen. Ellos no ven más allá de sus pies, ni un palmo más delante de eso.
Con el tiempo, nadie volvió a llamar a la puerta de su taller. Había muerto para los luthiers. Había muerto para todo aquel que era alguien dentro de la música. Eso era lo mismo que decir que había muerto, sin más.

—Golld, ayúdame con la tapa del piano hay que sujetarla. Ya he terminado de afinar las cuerdas. Me ha llevado casi un año, pero ya está listo.
—Maestro, perdone, yo no entiendo. Sabe que mi oído no es bueno, pero este piano que usted da por terminado, suena raro. Algunas notas se prolongan demasiado y las vibraciones… ¿No será que, como decían todos, ha perdido algo de oído?

Un año más tarde, una nevada y fría noche de invierno, Slavik murió. Aunque ya no se hablaba de él, su muerte sirvió para que quizá, a falta de otras noticias, esta corriera de boca en boca.
Slavik, en sus últimas voluntades, había donado su último trabajo, su último piano al Wiener Musikverein.
La dirección del centro, teniendo en cuenta que el maestro había sido su proveedor durante años, decidió dar un concierto en su honor.
Hector Shute, un afamado pianista, discípulo de Franz Liszt, fue el elegido, y decidió utilizar el piano por respeto a su memoria.
Sabe, porque ha sido comidilla en todas las tertulias en los últimos años, que el maestro no estaba ya a la altura de otros tiempos, pero decidió arriesgarse. Slavik se lo merecía.

La famosa Goldener Saal está a rebosar. Es un nevado viernes de febrero. Se dice que el Emperador Francisco José va a venir al concierto, pero finalmente no asiste.
En el centro del escenario, debajo del inmenso órgano, el piano, el último piano del maestro.
Los murmullos llenan el lugar. De un lateral sale Hector Shute y despues de saludar al público, se sienta frente al piano.
Todo el mundo está en silencio, sus manos se posan en el teclado, las primeras notas llenan la sala y se prolongan bajo la bóveda. Las vibraciones de la caja se mezclan con la resonancia del lugar. Los sonidos envuelven a los presentes. Se unen arquitectura e instrumento y lo que se escucha tiene a todos ensimismados.
Mientras Shute toca se da cuenta de que ese piano no busca el oído del pianista, sino el de la sala.
Cuando las últimas notas salen del piano, una tremenda ovación hunde la sala.

En un palco, un hombre gordo, con gafas, mira al pianista Diti Weichsel, sentado junto a él.
—Maestro —le dice acercándose a su oído—. Desafinado, ¿eh? ¿No es eso lo que me dijo hace un tiempo en el Café Central?

—Ese piano, Adam, quiero que se guarde en el almacén pequeño. Nadie debe tener acceso a él sin mi autorización —comenta el director de la sala a su ayudante—. Las notas que venían con él, en mi despacho.

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