Recalculando

Manolo García – Pajaros de barro

El local era amplio, luminoso. Las mesas no eran grandes. Cubiertas con un alegre mantel y un pequeño y colorido adorno floral. Todo parecía limpio y ordenado.
Un suave olor a lavanda flotaba en el aire. No era casual, alguien se había esforzado para que aquel lugar destilara tranquilidad.
Recorrió con la mirada las fotografías de las paredes. Reconoció en ellas paisajes lejanos: los Apalaches, Yellowstone, las Rocosas; lugares abiertos, salvajes. Contrastaba con aquel lugar, contenido, controlado.
Parecía un sitio agradable para tomar algo.
Había llegado cinco minutos antes, más por costumbre que por cortesía.
Eligió una mesa desde la que se podía ver bien la puerta y pidió una cerveza.
El móvil lo guardó en el bolsillo. Era su forma de estar ahí plenamente.

Esa mañana había presentado para el Grupo BLP un nuevo sistema de gestión de su Data Lake.
Tenían un problema con el procesamiento de datos. Les había instalado un ecosistema elástico capaz de actualizar en tiempo real su información.
En el cóctel posterior, él solo buscaba un objetivo. La interceptó junto a la mesa de bebidas. No hubo «hola», solo una declaración de intenciones.
—Sé que esto es estadísticamente improbable, pero si no te invito a salir ahora mismo, mi algoritmo interno me demandará por cometer el mayor error de mi carrera. Te veo a las siete en el bar de la esquina.
Ella arqueó una ceja; divertida quizás por la mezcla de arrogancia y sinceridad.
—Acepto. Pero solo si me prometes no hablar de metadatos.

Cuando entró no tuvo dudas, era ella, aunque solo se habían visto unos momentos esa mañana.
Sus ojos se encontraron unos segundos; luego una sonrisa. Se acercó donde él estaba.
—¿Llevas mucho esperando? —preguntó mientras dejaba el bolso en una silla.
—No, pero debo reconocer que tengo cierta obsesión por el control del tiempo y de las cosas.
Se sentó frente a él; no hubo ese momento embarazoso de una primera cita y, si lo hubo, no se notó en ellos.
—¿Qué quieres tomar? —preguntó él.
—Una copa de vino —dijo ella sin mirar la carta.
—Eso sí que es confianza.
—Más bien la esperanza de que el vino que sirvan sea medianamente aceptable.
—Eso estadísticamente no reduce mucho la posibilidad.
—¿De qué?
—De morir envenenada esta tarde.
Ella lo miró un segundo más de la cuenta.
—Vaya una forma de empezar una cita —dijo ella.
—Interesante, creo yo.

Llegaron las bebidas. El camarero interrumpió lo justo. Cuando se fue, ella tomó un pequeño sorbo de su copa.
—Es bueno; al final he tenido suerte.
Esta frase pareció quedarse colgando entre los dos, mientras se miraban. Un largo silencio se instaló entre ellos; al final, ella habló.
—¿Y tú qué haces cuando no estás deduciendo probabilidades de muerte en bares o gestionando sistemas?
—Hago fotos, pero mi verdadero vicio inconfesable es mucho menos interesante —admitió él con una medio sonrisa—. Me pierdo en la estadística.
Ella soltó una pequeña risa y él prosiguió.
—No, en serio. La fotografía es capturar un instante, pero la estadística es entender por qué ese instante importa. Me gusta analizarlo todo. Me gusta encontrar patrones en lo que fotografío. Al final, es una manera de localizar lo que quieres entre un montón de posibilidades.
—Entonces crees que todo es previsible.
—No todo. Pero muchas más cosas de las que parece.
—¿Como qué? —dijo inclinándose un poco sobre la mesa.
—Como cuánto dura una relación. O…
Se detuvo. Recordó que estaba en una primera cita y no era cuestión de volver al tema trabajo.
—¿O cuándo alguien se muere? —preguntó ella.
—Hay gente que cree que sí.
—¿Y tú?
Una leve pausa; parecía pensar.
—Creo que hay patrones que así lo apuntan.
—Yo creo que hay decisiones, muchas inconscientes, por lo tanto poco previsibles. De hecho, soy poco entusiasta de todo lo que tenga que ver con todo eso de lo que me hablas.
Ella encogió los hombros y bebió un sorbo de vino.
—¿Estás segura de eso?
—¿Quieres decirme que mi decisión de venir hoy aquí podría ser analizada de forma estadística?
—Las decisiones, no necesariamente son incompatibles con ella.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que importa ahora, que estamos aquí.
Unos ruidos de la calle que se colaron en el tranquilo sonido del bar, los dejó en silencio.
Él se dio cuenta de que no estaba pensando cómo continuar la conversación. No estaba anticipándose y preparando lo que iba a decir, simplemente estaba allí.
Eso no ocurría a menudo.
—¿Sabes qué es lo peor de los datos? —dijo él sin darse cuenta.
—Sorprenderme.
—Que cuando empiezan a tener sentido, cuesta dejar de mirarlos.
—Pues no mires.
En ese momento, justo antes de que el móvil vibrara en su bolsillo, pensó: Quizá valga la pena el hacerlo.

Lo sacó y pensó un segundo si desbloquear la pantalla o devolverlo a donde estaba.
Al fin, deslizó el dedo.
«Tiempo estimado restante: 24:00:00»
Debajo, en letra pequeña: «Basado en tu perfil genético y comportamiento reciente».
Parpadeó. No por la sorpresa, sino para enfocar mejor, como si el problema fuera de visión.
Volvió a leerlo.
Veinticuatro horas.
—Sophia, perdona, pero tengo que ir al lavabo.
—¿Pasa algo? Henry, estás pálido.
—No, tranquila, no pasa nada.

El agua sobre su rostro le relajó. Se miró en el espejo: sí, tenía mal color.
Se metió en uno de los baños y cerrando la puerta, sacó su móvil.
Veinticuatro horas. No había advertencias, no había colores agresivos, la misma tipografía neutra de siempre. Era la misma que usaba para hacerle cualquiera de las advertencias que le enviaba de forma rutinaria.
Apoyó la espalda en la pared. Abrió la aplicación.
La interfaz cargó con normalidad. Su nombre arriba, su gráfico de hábitos. Las curvas de sueño, actividad, consumo de energía. Todo en orden.
En el centro, el contador: 23:55:28
Debajo, el porcentaje de confianza en el dato: 98,2%.
Respiró por la nariz despacio, reteniendo y soltando el aire lentamente. Encontró y presionó el botón de detalles.
Causas probables:
—Evento cardiovascular súbito (32%)
—Accidente de tráfico (21%)
—Fallo multiorgánico indeterminado (18%)
—Otros (29%)
Nada en que agarrarse, nada concreto; solo posibilidades bien vestidas.
Cerró los ojos y los mantuvo así unos momentos. Volvió a mirar la pantalla: 23:53:35
Apagó el móvil y lo bloqueo, guardándoselo en el bolsillo.
Apoyó las manos en las rodillas, no había temblores, parecía que no había urgencia. Interiormente, pareció ajustar algo donde no encajaba, pero aun así lo hacía.

Le vino a la cabeza ese día, hacía ahora unos cinco meses. Su amigo Lian, todo alborotado, entró en su despacho con el móvil en la mano.
—Tienes que ver esto, Henry —dijo mientras le mostraba la pantalla del móvil—. Se llama EndLine. Es una aplicación americana que está arrasando. Parece ser que combina una serie de datos genéticos, hábitos, historial digital… Sus predicciones tienen una fiabilidad del 99,8%, aunque no explican cómo sacan ese número. Y mira que eslogan, es brutal. «No te diremos cómo vivir, solo cuándo dejarás de hacerlo». Ahora mismo es la app más descargada del planeta. Toda la red está colapsada de influencers reaccionando a sus propias fechas de muerte.
—¿Tú te la has descargado?
—Sí, y debo decir que me está aconsejando en un montón de cosas. Es más, ha aglutinado en ella toda mi información dispersa y ahora es mejor que el mejor de los asistentes. Incluso me avisa como si fuera mi madre, sobre lo que como y cómo me sienta; controla mi cuerpo.
—No sé si eso me gusta.
—Vamos, Henry, tú eres un cabeza cuadrada. Esto de tener todo controlado seguro que te va como anillo al dedo.
Al final, por pura vanidad profesional, se hizo el test. No esperaba nada dramático: dormía poco, comía mal, pero nada fuera de lo normal, teniendo en cuenta las condiciones de su trabajo. Poco a poco, sin casi darse cuenta, resultó que, como otros muchos, consultaba EndLine incluso para decidir qué comida pedir.
Lo único anormal era la nota de ese día. Antes había habido otras, pero en forma de recomendaciones. Ahora, por primera vez, tenía una notificación de las que hacía gala el eslogan de la aplicación.
Se alisó la camisa con las manos y salió.

Al volver al local, el ruido del ambiente volvió de golpe. Voces, roces del cristal, el frenazo de un coche; la vida en marcha.
Ella estaba apoyada en la mesa, inclinada hacia adelante, como si la conversación no se hubiera interrumpido en ningún momento. Cuando levantó la vista y lo encontró, sonrió.
Por primera vez desde la notificación, el aviso dejó de ser lo único que le ocupaba el pensamiento.
—¿Todo bien?
—Sí.
—¿Quizá si paseamos?
Pagaron, se pusieron las chaquetas y salieron del bar. En la calle, donde el aire era más frío, él pareció terminar de recuperarse.
Caminaron sin rumbo claro. No se rozaron al principio. Ni siquiera iban al mismo ritmo exacto. Había ese pequeño desfase de dos personas que todavía no se conocen los suficiente como para sincronizarse.
—¿Qué te hizo venir? —preguntó él.
Ella tardó en responder. Parecía querer elegir bien lo que iba a decir.
—Que no parecías querer impresionar.
—¿Eso no suele ser un punto fuerte, no?
—Depende —dijo ella—. Es menos cansado.
Siguieron andando. Pasaron frente a un escaparate que se acababa de iluminar. Su reflejo, juntos, como si llevaran más tiempo del real.
Él metió la mano en el bolsillo. El móvil estaba ahí. Quieto, pensando más de lo que debería, no lo sacó.
Giraron en una esquina. La calle estaba más tranquila.
—¿Y a ti? —preguntó ella—. ¿Qué te hizo pedírmelo?
Podría haber dado una respuesta fácil, convencional. Pero no le pareció en este caso correcto.
—En cuando te vi, sentí curiosidad.
—¿Eso no es mucho, no?
—Quizá, pero es honesto.
—Más bien es seguro.

Se detuvieron en un paso de peatones. El semáforo estaba en rojo. No venía ningún coche; ella cruzó. Él se quedó un segundo mirándola avanzar sola hasta el otro lado. Luego, cruzó también.
—No te gustan las normas flexibles, ¿no? —dijo ella.
—No me gustan las consecuencias.
—Eso suena agotador.
—Posiblemente lo sea.
Caminaron un poco más. Esta vez, más cerca.
—¿Y qué haces cuándo no puedes preverlas? —preguntó ella.
Él pensó en el baño, en el número de la pantalla y lo que eso suponía: 24 horas.
—Intento reducir el margen —respondió.
—¿Y si no lo hay?
No contestó. El silencio no era incómodo, pero…
Llegaron a una plazoleta. Se sentaron en un banco vacío. Ahora sí, más cerca de lo que tocaba para una primera cita.
—Te voy hacer una pregunta —dijo ella—, y puedes no responder.
Él asintió.
—¿Te ha pasado algo hoy?
No parecía una pregunta al azar. Quizá observación o intuición. Él sostuvo la mirada, un segundo, dos.
—No —dijo.
Ella lo miró. Pareció decidir no insistir en ello.
—Vale. —Se apoyó en el respaldo del banco—. A mí sí —añadió. Nada grave, pero es de esas cosas que te recuerdan que no controlas tanto como crees.
Él giró la cabeza.
—¿Y qué haces con ello?
Ella sonrió.
—Seguir quedando.
Él se dio cuenta de que llevaba un rato sin acordarse del teléfono. Sus hombros siempre tensos, habían cedido. Soltó un suspiro largo y lleno de aire sus pulmones. No notaba ya ninguna presión.

Nada más cerrar la puerta de su casa esa noche, sus manos buscaron el teléfono.
21:10:46
El temblor de las manos y las gotas de sudor que caían de su frente le difuminaban la pantalla. La cuenta seguía, 98,2% era su probabilidad.
Revisó a fondo los datos que el sistema le proporcionaba; no había duda, todo lo que ponía sobre él era correcto. Su mente analítica trataba de darle sentido.
Vamos a ver —pensó—: los datos que tiene de mí, aunque eran amplios, no pueden predecir este desenlace y menos con esa exactitud.
Sí, es lo que indicaba claramente la web que hacía, pero realmente no se lo tomó en serio.
Tanta gente que se ha descargado la aplicación… debería de haber saltado alguna alarma. Si fuera así, mucha gente ya habría muerto siendo avisada de la misma forma.
Esto no tiene sentido, pero claro, un amplio volumen de datos y una estadística bien estructurada pueden ser altamente fiables.
Quizá lo mejor, y por si acaso, sea que cambie de rutina; quitar de la ecuación lo previsible y lo predecible. Tengo que cambiar mi vida, tengo que engañar al algoritmo.
No obstante, ¿no estaré pasándome de la raya y si todo esto es, al final, una broma de mal gusto? ¿Y si todo queda en nada y yo haciendo el ridículo? Pero ¿y si es verdad? ¿Puede serlo, no?

Apagó el teléfono. Al ir al cuarto de baño para tomar una ducha, instintivamente puso cuidado de no resbalar con el agua al salir; no el cuidado normal, no, había algo más en esa decisión. Cuando salió a la terraza, con un vaso en la mano, no se apoyó en la barandilla de cristal. No lo hizo conscientemente, era su inconsciente.
Esto es paranoia, si esto sigue así, no seré yo el que decida. Todo es ya artificial, yo no soy así. Solo son unas horas, tendré que asumirlo. Se trata ahora no de vivir, sino de no morir.

Se metió en la cama. No hacía calor, pero sudaba. Intranquilo, los minutos y los segundos le persiguieron. Monedas de oro le caían encima; corría hacia atrás. Las agujas del reloj salían disparadas y se clavaban en su cuerpo. Se veía en una campana de Gauss, él en el centro, mientras le caían encima los minutos que se desgajaban de reloj sobre su cabeza.
El sol entrando por la ventana lo sacó de su mal sueño.

Había quedado para comer con Sophia. No tenía claro si contarle todo o no. No se puso huevos con beicon como cada mañana, por aquello de «evento cardiovascular 32%». Se tomó un café y, despues de ducharse, se fue a buscar el coche.
Para entonces ya había consultado la app un centenar de veces. Percibía microcambios, los diagramas tenían pequeñas fluctuaciones, las barras de las probabilidades se movían ligeramente.
Decidió tomar un taxi, recordando «accidente de tráfico 21%». Sus manos se retorcían, los ojos no paraban quietos.
El taxi lo dejó frente al malecón. Había quedado allí con Sophia, en un precioso bar desde cuyo mirador se podía ver toda la bahía.

Decidió andar calle abajo hasta un semáforo que se veía a lo lejos. Esperó a que cambiara a verde y, mirando a ambos lados de la calle, cruzó aceleradamente. En todo quería ver detalles, detalles como posibles causas de muerte.
Cuando llegó a la terraza, ella ya estaba allí, en un mesa junto a una palmera. El sonido de las olas rompiendo contra las piedras del malecón y el olor a salitre lo envolvieron al acercarse.
Sophia lo miró de arriba abajo antes de decir nada.
—Tienes cara de no haber dormido.
—No mucho, no.
Se sentó; pidió un café. Tenía el teléfono en la mano, la pantalla hacia abajo sobre la mesa.
—¿Qué pasa, Henry?
—Nada.
—Henry.
Él levantó el teléfono y se lo pasó sin decir nada; ella lo miró. En la pantalla, el contador: 06:14:40
Sophia frunció el ceño.
—¿Esto es EndLine?
—Sí.
—O sea, que según esta aplicación te mueres hoy.
—Según sus datos, sí.
Ella dejó el teléfono sobre la mesa, despacio, como si fuera algo que no quisiera sostener.
—Henry, esto es lo mismo que el tarot. Con mejor interfaz, pero lo mismo.
—Yo trabajo con datos. Sus predicciones tienen un margen de error de 1,8%.
—El horóscopo también tiene sus porcentajes si buscas en internet —hizo una pausa—. ¿Cuántas veces has mirado esto esta mañana?
Él no contesto; eso era una respuesta. Sophia lo observó un momento. Luego miró al mar.
—¿Sabes lo que parece realmente curioso? Que tú, que desconfías de todo, que mides todo, que eres analítico, le hayas entregado las próximas horas de tu vida a una aplicación que no sabes quién ha programado ni con qué datos reales.
Henry no dijo nada.
—¿Qué ibas a hacer si no hubiéramos quedado hoy? —preguntó ella.
—No lo sé. Cambiar de rutina. Evitar lo previsible.
—¿Evitar lo previsible? —repitió la frase, como si la estuviera midiendo—. O sea, dejar de ser tú para engañar al algoritmo.
El camarero trajo el café. Henry lo miró sin tomarlo.
—Mira, puedo intentar entenderte. De verdad. Pero lo que no puedo es sentarme aquí a ver cómo desperdicias el día con los ojos puestos en la pantalla. —Señaló el teléfono con un gesto leve—. Así que tú decides: o apagas eso y estás aquí, o lo miras y yo me voy.
No lo dijo con dureza. Lo dijo como quien anuncia un hecho. Henry miró el teléfono, luego la miró a ella y lo apagó.

Pasearon por el malecón. Él no habló mucho al principio. Ella tampoco pidió que lo hiciera. En algún momento sus pasos se sincronizaron sin que ninguno de los dos lo decidiera.
Eran las tres cuando se sentaron en un banco frente al agua. Henry tenía el teléfono apagado en el bolsillo y notaba su peso de una forma que nunca antes había sentido.
—¿Cuándo se supone que es? —preguntó ella.
—¿El qué?
—Ya sabes el qué.
—A las cinco y media.
Sophia miró el mar.
—Pues faltan dos horas y media —hizo una pausa—. ¿Tienes hambre?
Él la miró. En su cara algo que quería parecer una sonrisa.
—Sí.

Eran las cinco y media cuando el teléfono vibró en su bolsillo.
Estaban en una terraza pequeña; habían terminado de comer. Tenían una taza de café en las manos y una conversación que habían encontrado, no planeada, pero que comenzaba a coger ritmo.
Henry sacó el teléfono.
Lo miró unos segundos.
Sophia esperaba callada.
—¿Y bien? —dijo al fin.
Henry dejó el teléfono boca abajo sobre la mesa.
—Recalculando —dijo.
Ella asintió despacio, con una expresión que no llegaba a ser de alivio.
Henry miró la pantalla apagada un momento, luego al café, luego a Sophia.
Su mano, casi sin darse cuenta, dejó el teléfono boca arriba.

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