Quince años

Qué queda de tí, qué queda de mí – Labordeta

El hombre acercó la cara al cristal de la puerta; quería comprobar que no hubiera nadie en su interior.
El rótulo de neón parpadeaba: «Vid o club Noc es de ohemia». Algunas letras habían muerto hace tiempo. Un cartel amarillento, pegado con celo en el escaparate, anunciaba el cese del negocio.

Al entrar, lo recibió la proa del Titanic en cartón, descolorida, fingiendo abalanzarse sobre él. Los protagonistas abrazados, sin cabeza.
El olor a friegasuelos sintético se mezclaba con el humo del tabaco incrustado en las paredes. Al respirar, sentía como si se le pegara el pecho con la espalda.
Dejó en el mostrador una bolsa de plástico de un rojo chillón, del súper de la esquina. Miró alrededor. No había nadie más en el local.
Las estanterías del fondo estaban medio vacías. Sobre ellas, cubiertas de polvo, quedaban películas olvidadas que ya nadie alquilaría: thrillers eróticos, cintas de kárate y comedias románticas de actores ya envejecidos o muertos. En una esquina, un viejo televisor, mal sintonizado, reproducía nieve.

Sacó de la bolsa una película de VHS y la deslizó sobre el cristal del mostrador.
—Venía a devolver esto.
—Ha tenido suerte, hoy es el último día —dijo el dependiente—. Mañana cerramos, esto no da para más.
Mientras hablaba miró de reojo el reloj de la pared. Tenía la chaqueta puesta desde hacía rato; solo quería marcharse.
—No lo sabía.
—A ver… —tecleó en el ordenador—. No encuentro nada. ¿Cuándo la alquiló?
—Hoy hace quince años.
El dependiente, detrás del mostrador, se quedó quieto, como si el tiempo se hubiera detenido. Lentamente levantó la cabeza y, soltando la bolsa de basura que acababa de coger, clavó sus ojos en él.
—¿Quince años? —dijo despacio—. ¿Seguro?
—Sí.
—Y ha esperado hasta el mismísimo día en que cerramos para traerla. Todo un detalle.
El aire acondicionado zumbaba. Las aspas del ventilador raspaban la tapa metálica.
—Verá —dijo el cliente, que parecía dudar si seguir o no.
El dependiente lo miraba con una medio sonrisa. Sus dedos golpeaban rítmicamente el mostrador.

—Era la película preferida de mi mujer. Yo volvía de un viaje de negocios un día antes de lo previsto; quería darle una sorpresa, tener una noche de cine y palomitas. Cuando entré oí la televisión, su luz parpadeante inundaba el pasillo. Luego, oí las risas; estaba en la cama con otro. Me quedé clavado en el quicio de la puerta sin poder moverme. Las palomitas cayeron al suelo.

Se hizo una pausa larga. El dependiente no le quitaba el ojo de encima. En algún momento sin darse cuenta, se había sentado en el taburete.
El cliente fijó su mirada en el mostrador unos segundos. Luego…
—Ella se tapó con la sábana y el tipo huyó corriendo, empujándome al pasar. Yo… salí de la casa como un loco. Choqué contra un contenedor de basura y acabé de rodillas en la acera. Al levantar la vista vi un enorme cartel rojo «Coca-Cola» vibrando sobre mi cabeza.

Entré. Un hombre dormía sobre una mesa llena de vasos vacíos. Detrás de la barra, un camarero secaba lentamente la misma copa una y otra vez. La televisión, sin sonido, emitía un concurso al que nadie prestaba atención.

Volví a medianoche.
Tuve que apoyarme en el marco de la puerta para no caer. Mi mujer estaba esperándome sentada en el salón. Fumaba y bebía una copa de vino blanco. Me observó un momento y empezó a gritarme. Lo último que recuerdo es su sonrisa llena de nicotina.

—Cuando desperté, tenía frío. Estaba tirado en la alfombra, cubierto de vómito y babas secas. A mi lado, en el sofá, estaba ella. Me levanté y la sacudí por el hombro para que despertara. No lo hizo. Tenía una cuerda alrededor del cuello. No recordaba haberla visto antes. Llamé al 112. Llegó la ambulancia, la policía…

El hombre se miró las manos vacías.

—Sé que no es el momento —le interrumpió el dependiente—, pero termine. No me puede dejar así.
El cliente pareció pensárselo un segundo.
—No hay mucho más. El juicio, la cárcel. Quince años dan para mucho. Aprendes a comer rápido, a dormir con ruidos. A no mirar directamente a nadie. He salido esta mañana. He llegado hace una hora a casa y al ver la cinta… bueno. Hoy hace quince años.

El dependiente miró la gastada carátula del VHS y luego al cliente. Tragó saliva.

—Mire…si quiere, puede quedarse la película. Total, ya no tenemos a quién rendir cuentas.
El hombre, mientras cogía la cinta, se fijó en lo descolorida que estaba la carátula. Todavía podía apreciarse la silueta de los actores, aunque sus caras estaban borradas por el tiempo.
—Gracias —dijo el hombre, y la guardó de nuevo en la bolsa roja—. Es todo un detalle.

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