Sin abrir

The partisan – Leonard Cohen

Sobre la mesa, extendidos, había unos planos y varias fotos. Dos hombres miraban todo con detenimiento.

El teniente Cortés repasaba con sumo cuidado cada uno de los documentos. No quería que se le escapara nada; no podía permitirse que hubiera ningún fallo en esa misión. Según los últimos informes de inteligencia, habían localizado al comandante Vargas.

Él fue el responsable diez años atrás, de la emboscada donde murió su padre.
El sargento Rivas lo miraba con preocupación. Notaba la intensidad con la que su jefe revisaba todo y sabía que para el teniente aquello no era una misión más, pero no dijo nada.

Cuando por fin este dejó todo sobre la mesa y comenzó a meterlo en una carpeta, Rivas habló.
—¿Todo bien, teniente?
Cortés no respondió directamente.
—Es una misión como otra cualquiera.

Rivas sabía que no era cierto, pero no insistió. Mientras salía, vio que Cortés sacaba una carpeta del cajón de su mesa.
Dentro había una carta amarillenta con su nombre. La letra era de su padre; la había escrito antes de partir a la misión de la que nunca regresó. La miró y pareció pensar en algo. Luego la volvió a guardar en el cajón.

Esa noche, en su habitación, Cortés no podía dormir. Se levantó para volver a revisar su equipo.
Sonó su tablet. Vio que era una videollamada de su madre; ella sabía de la misión, aunque ignoraba los detalles, pero sabía…

—Tu padre estaría orgulloso de ti, en lo que te has convertido.
José Cortés no estaba tan seguro, pero calló.
—¿Leíste su carta? Ya sabes…
—Claro, mamá. Hace años.
—No, no lo has hecho. Conozco esa cara, José, léela antes de irte, por favor.
No dijo nada más y, sin esperar respuesta, colgó.

José se quedó mirando la pantalla negra unos instantes. De su cartera sacó la carpeta con la carta; siempre la llevaba consigo. El sobre, gastado de tanto manoseo, seguía sin abrir.
Por fin se decide y con esa torpeza fruto de la ansiedad, lo rompe al abrirlo. Desdobla la hoja, comienza a leer.
La expresión de la cara cambia: pasa de la determinación a la confusión, y luego a algo parecido al dolor.

«Si me pasa algo, no me conviertas en una razón para odiar. No te reconocería».

A la mañana siguiente, en la última sesión informativa antes de la misión, el equipo de seis hombres, el sargento Rivas y el teniente Cortés, esperaban las últimas palabras del coronel Mendoza.
—Esta vez la fiabilidad de los datos es máxima. No pueden fallar, necesitamos a Vargas vivo para interrogarle. Espero que lo haya entendido, teniente Cortés. Vivo.
Este asintió, pero Rivas, que no apartaba sus ojos de él, tenía dudas.

Cuando salieron, mientras sus hombres se dirigían al hangar, Rivas sujetó a Cortés y se separaron del resto.
—¿Vas a poder hacer esto dejando al margen lo personal?
—Haré mi trabajo —contestó serio Cortés.
—Tu trabajo es traerlo vivo. Tu padre…
Cortés lo interrumpió con dureza.
—Mi padre está muerto, Vargas lo mató. Eso es lo único que importa.

Rivas lo soltó y se alejó hacia los hombres. Cortés se quedó parado en medio de la pista. Sacó la carta del bolsillo de su uniforme; la había traído con él. La leyó otra vez. Su mandíbula se tensó. La devolvió al bolsillo y se dirigió al hangar para revisar por última vez su equipo.

Un silencioso Black Hawk descendió en un claro de la selva. A pesar de la luna llena, unos nubarrones proporcionaban una inesperada oscuridad a la operación.
De él saltaron ocho hombres y rápidamente, cogieron mochilas y armas para internarse entre los árboles. El helicóptero se elevó y desapareció.

Los hombres formaron un círculo hacia el exterior. Desde el aire los sensores térmicos no indicaban que hubiera nadie en los alrededores, pero había que ser precavidos.
Unos minutos más tarde se pusieron en marcha, Cortés iba delante consultando su unidad ATAK. Tenían que recorrer unos cinco kilómetros hasta el campamento en el que se suponía que estaría Vargas.

Una hora más tarde, desde una pequeña loma, el equipo pudo divisar el lugar que buscaban. No era gran cosa: una alambrada, varios barracones, un edificio de ladrillo al fondo y unos almacenes.
En el gran porche del edificio, muy iluminado, había varios hombres, algunas mujeres, parecía tener lugar una fiesta; la música llegaba hasta ellos.

Cortés apoyó su fusil HK416 sobre el terreno y buscó su objetivo. La retícula de la mira se posó en la cabeza de Vargas. Llevaba diez años buscando ese momento y ahora estaba ahí, bebiendo, riendo. El dedo buscó la presión del disparador. Le sorprendió lo fácil que sería.
—¿Está Vargas? —preguntó Rivas.
—Sí, lo tengo en el punto de mira.

El sargento dio las órdenes rápidamente. Dos se quedaron para cubrir su retirada; los demás se acercaron a la alambrada. Quince minutos más tarde estaban a unos treinta metros de la fiesta; podían oírlos hablar. Habían colocado explosivos en las puertas de los barracones y en los vehículos.

Voces ásperas y cargadas de alcohol intentaban seguir la canción que sonaba de fondo.
Todo se precipitó cuando un hombre salió corriendo del interior de la casa gritando que habían oido un helicóptero. Sonaron los primeros disparos, los borrachos parecían sobrios de repente y con las armas en sus manos, comienzaron a disparar.

Las cargas explosivas detonaron, trozos de madera y restos de chapa volaron por todas partes. Los gritos de la gente pidiendo ayuda, el caos se apoderó del lugar.

Vargas se fue corriendo hacia un lado de la casa. Cortés, que lo estaba siguiendo con la mirada, lo siguió. Cuando llegó a la esquina del edificio vio su sombra. Apuntó a las piernas, en ese momento un grupo de chiquillos salió de una caseta. Vargas cogió a uno de ellos y lo usó de escudo.
Rivas se acercó a Cortés. Vieron a Vargas con el niño y no se atrevieron a disparar. Un coche apareció, sin luces; Vargas tiró al niño al suelo y saltó dentro. Aceleró y se perdió camino de la salida.

Cortés se acercó al niño, tenía una herida de bala en el brazo. Sabía que debía de seguir a Vargas, pero sacó de su mochila un botiquín.
—Rivas, contacta y que informen hacia donde se dirige el coche.
—Halcón 1, aquí Bravo 2. El activo se ha dado a la fuga. Necesito que busquéis contacto visual con vehículo en movimiento huyendo del campamento, pista hacia valle. Cambio.
—Aquí Halcón 1, recibido Bravo 2. Estamos a 2 clics de esa pista. En cuanto localicemos el vehículo les informamos. Cambio.Con cuidado, Cortés, terminó de curar al niño. Los hombres que habían dejado para cubrir la retirada se acercaron con un camión que no había sido dañado con las explosiones y salieron en persecución de Vargas.
—Aquí Halcón 1, localizado vehículo, se encuentra a unos tres kilómetros por delante de vosotros. Marcamos con Laser IR. Tenemos el sparkle sobre el objetivo. Iniciando maniobra de flanqueo. ¿Autorización para fuego de advertencia? Cambio.
—Negativo, Halcón 1. Solo maniobra de presión. Queremos a los ocupantes vivos. Córtenles el paso a la primera oportunidad. Vamos detrás de ellos.
—Recibido Bravo 2. Entrando bajo y rápido. Estableciendo bloqueo en claro. Corto.
Minutos más tarde, a pesar del ruido del camión, oyeron el sonido de las ametralladoras M240H. Sabían que los guerrilleros no se rendían.
—Halcón 1, estamos a punto de llegar a destino. Les cogeremos por detrás. Cuando vean nuestras luces cesen el fuego. Cambio.
—Entendido Bravo 2. Corto.

Después de una pequeña curva delante de ellos, se apreciaba un claro. Los nubarrones se habían ido y la luz de la luna iluminaba la escena. El Black Hawk en vuelo estacionario dejó de disparar.
Se acercaron por detrás del vehículo huido. Había un par de personas disparando contra el helicóptero; se volvieron sorprendidos al oír frenar al camión.

Los hombres del comando bajaron del vehículo, sabían que no podían abatir al activo.
Cortés vio cómo Vargas, abandonando a los demás, corría por la carretera para llegar a los árboles. Cortés le siguió. Sabía que si entraba en la jungla lo perdería. Se paró, apuntó y disparó.

Lo encontró tirado unos metros más adelante; estaba herido y desarmado.
Cortés lo enfocó con la linterna mientras su arma le apuntaba. Vargas intentaba hacerse un torniquete en la pierna con el cinturón; lo miró, pero no dijo nada.
Estaba mucho más viejo que en las fotos, no tenía ya esa altivez que en ellas mostraba.
Su dedo rozó el gatillo. Podría hacerlo. Nadie lo juzgaría. Diez años terminarían aquí.
Notó contra su pecho el papel doblado en el bolsillo de su camisa. Bajó el arma.
—Tienes suerte —dijo en voz alta—. Mi padre me lo pidió.

Rivas llegó en ese momento e intuyó lo que había pasado. Una mano se posó en el hombro de Cortés.
Sujetando al herido entre los dos, volvieron al claro y subieron al helicóptero que se perdió en la noche.

Cortés sacó la carta de su padre y la leyó.
—Lo traicioné diez años pensando que lo vengaba —dijo mirando a Rivas.
—Ya lo vi antes, con el niño. Tu padre estaría orgulloso —respondió su compañero.
José Cortés sintió paz por primera vez.

Un mes más tarde pidió el traslado. No quería estar ya en primera línea.
Una mañana se acercó al cementerio. Se detuvo frente a la tumba de su padre y leyó la carta completa en voz alta. La dejó sobre la lápida, bajo una piedra, junto a un ramo de flores.
—Siento haber tardado tanto.

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