S.A.C. del infierno
El cartel encima del mostrador no dejaba lugar a dudas. Había llegado al lugar adecuado.
«Infierno – Servicio de Atención al Cliente»
«Su condena es importante para nosotros, por favor, no arda de impaciencia».
Detrás del mostrador, un demonio con manguitos en los brazos y visera encima de los ojos, que le tapaba parcialmente los cuernos, tamborileaba nerviosamente su lapicero sobre la madera.
En su chaleco rojo, un pequeño rótulo indicaba su nombre:
Pancracio 2.0
El hombre que tenía enfrente hablaba atropelladamente, con la cara encendida y una toalla mal anudada alrededor de la cintura.
—No solo no me atienden, me quitan la ropa… me dejan así… y no tengo nada de calor, estoy helado. Esto no es lo que prometían.
Pancracio no levantó la vista.
—Lo primero que debe hacer es respirar hondo y tranquilizarse. Como ya le han explicado en admisión, tenemos un pequeño problema con el ordenador. La red Wifi-Inferno se ha caído y no ha podido hacer el check-in. Nada grave. Aquí siempre encontramos solución. Tenemos… tiempo.
Dicho esto, pulsó un botón del intercomunicador.
—Gumersindo, «el impresos», al SAC.
No había terminado la frase cuando el otro apareció: huesudo, encorvado, con unos impertinentes clavados en la nariz y una joroba escamada que parecía respirar por su cuenta.
—Diga, jefe, ¿qué necesita del servicio de reprografía?
—Impreso 346, 666 y 999.
—¡Qué! ¿Ya se ha venido abajo la red, de nuevo, jefe?
—Gumer, que no me llames jefe. Para ti soy Pancracio, demonio de clase 2.0 y no te ha preguntado nada.
El hombre dio un paso adelante.
—Esto es inadmisible. Uno viene aquí, además bien recomendado, y se encuentra con esto. Pido una hoja de reclamaciones y me mandan a otra ventanilla. Es exactamente igual que … —se detuvo un instante—. Igual que arriba.
Pancracio lo observó con un interés nuevo, leve.
—Aquí todos vienen recomendados. Normalmente por socios que han palmado antes. No suelen ser buena referencias.
Hizo una pausa, como si hojeara unos papeles inexistentes.
—Rellene esto, por favor.
Le tendió un fajo.
—Impreso 346: pecados. Sea preciso. Nuestro Departamento de Clasificación de Torturas es muy meticuloso, no queremos pasarnos… ni quedarnos cortos.
El hombre bufó, pero cogió los papeles.
—Impreso 666: comodidades de su vida anterior. Nos ayuda a localizar puntos sensibles.
Esta vez Pancracio sí sonrió, apenas.
—La dirección es muy estricta con eso.
El hombre hojeó los documentos.
—¿Y el 999?
—Ese es sencillo. Solo su nombre. Nuestro evaluador completará el resto.
El hombre pareció dudar.
—¿Mi nombre?
—Completo, si es tan amable.
El hombre, claramente contrariado, se fue hacia una mesa al fondo de la habitación. La silla era demasiado alta, la mesa demasiado baja; para escribir tenía que encogerse a una postura incómoda, casi infantil y la toalla amenazaba con ceder en cada movimiento.
—No se deje ninguna casilla con asterisco —añadió—. Son imprescindibles.
En el 346 dudaba más de lo esperado. Tachaba, reescribía. Miraba a su alrededor confuso.
En el 666 tardó aún más.
En un momento dado levantó la cabeza.
—Oiga… aquí pone «describa su relación con sus subordinados». ¿Esto que tiene que ver?
—Todo —respondió Pancracio con esa voz suya seca e impersonal—. Procure ser sincero. Nos ayuda a poder personalizar su experiencia.
Después de varias correcciones, dejó los papeles en el mostrador.
—Ya está.
Pancracio los ordenó, solo con una ligera mirada.
Cogió el teléfono.
—Edelmiro… Edelmiro… —susurró—. Cuando trabajas conecta el sonotone, que no te enteras.
Una pausa.
—Sí… El de la toalla. Ya está listo.
Otra pausa.
—Sí… el mismo perfil de siempre.
Colgó.
El hombre frunció el ceño.
—¿Qué perfil?
Pancracio le devolvió los papeles ordenados en una carpeta.
El hombre no entendía.
Dos demonios aparecieron a su espalda sin hacer ruido. Le agarraron por los brazos.
—Oiga, pero ¿qué hacen?
Pancracio ya no le miraba.
—Sala 7. Puesto 14.
—¡Un momento! ¡Yo no he venido a trabajar aquí!
—Nadie viene —respondió Pancracio, pasando a la siguiente carpeta.
El hombre fue arrastrado hacia una puerta lateral. Antes de desaparecer, vio una sala interminable de mesas idénticas. Personas encorvadas, en silencio, rellenando formularios.
En cada mesa un cartel: «Departamento de atención al cliente»
La puerta se cerró detrás de él.
Pancracio abrió la carpeta.
—Siguiente.
