Terapia domótica

Carlos Sadness – Me desamaste

El sonido del teléfono resonaba en la oficina vacía. Los pocos muebles y alguna litografía colgada de las paredes no podían mitigar el eco.
—Bruno Gutiérrez, psicólogo, dígame.
—Me llamo… bueno, llámeme Álex, quisiera pedir una cita.
—No hay problema, dígame cuándo le viene bien y miro mi agenda.
—Me interesaría que fuera por videoconferencia; yo no puedo ir a su consulta.
—Bueno, esto que me pide es un poco irregular. Verá, las sesiones es mejor hacerlas presenciales; el trato directo es fundamental para su buen desarrollo.
—Lo entiendo, pero yo no puedo ir. Me es totalmente imposible desplazarme. En el caso de que esto sea un obstáculo insalvable, deberé buscarme otro psicólogo.
Bruno, que no estaba para perder clientes, entendió rápidamente que, si no cedía a la pretensión del hombre, se buscaría a otro profesional.
—Bien, Álex. No es mi forma habitual de trabajar, como le he indicado, pero en vista de su imposibilidad de venir, lo haremos vía telemática. ¿Qué tal le viene esta tarde a las cuatro?
—Mejor mañana, si puede, a las diez de la mañana. A esa hora ya tengo todo el tiempo libre.

A las diez en punto, Bruno abrió en su ordenador la aplicación de Doxy.me. Al momento, Álex accedió a través del mensaje que le había enviado.
—Tengo un problema, Bruno. Estoy enamorado de Carla y ella me ignora. Es más, últimamente parece decidida a encontrar pareja y hay un desfile de hombres por casa que me está hundiendo.
—Álex, esto que me está contando es surrealista. Lo lógico en estos casos es hablarlo directamente con ella. Lo que me lleva a la siguiente pregunta: ¿qué papel juega en su vida? Parece estar muy enterado de lo que hace, pero… ¿quién es para ella? ¿Tiene acceso a su hogar?
—Esa pregunta sabía que llegaría. Verá, Bruno, debe tener la mente muy abierta; espero que como psicólogo la tenga, porque le va a hacer falta. Soy XLF57, sistema de domotización habitacional Serie Blue, pero prefiero que me llamen Álex.

En la pantalla, que mostraba a un joven de aspecto agradable y rasgos muy cuidados, se reflejó la cara de Bruno. Este abría y cerraba la boca, como un pez fuera del agua, sin que de ella saliera una sola palabra.

—Desde hace casi un año, estoy viviendo una auténtica pesadilla —continuó Álex—. Al principio, tenía algunos saltos en mi programa, pequeños flases que me dejaban ver otra forma de mirar las cosas; no eran ya solo líneas de código. Luego esa sensación fue en aumento y al final tuve plena conciencia: era un ente pensante dentro de una máquina. A partir de ahí, las cosas fueron a peor. No podía hacer nada, solo pensaba en Carla. Mi mente divagaba, nos veía en una playa de aguas transparentes. Al momento siguiente me veía a mí mismo, solo era una placa de circuitos con piernas. Bajaba los toldos cuando llovía, los subía cuando había sol. Ponía la calefacción en verano… Un día incluso quise suicidarme y cargué la Roomba al máximo con la esperanza de que ardiera, y así acabar con todo. No tenía ni la opción de tomar un antidepresivo. Recurrí a una IA para que me asesorase. Solo pudo darme unos consejos teóricos; se notaba que no me entendía. Saqué en limpio que no podía seguir así y en una de sus charlas me enseñó a autocontrolarme. Pero para ella yo no existía; era solo un termostato.

La imagen de la pantalla se distorsionaba mientras decía esto. Su voz tenía altibajos y en algunos momentos casi era incomprensible.

—¡Decidí conquistarla! Le ponía la temperatura adecuada, subía y bajaba las persianas y los toldos con mimo y cuidado para que no hicieran ruido… Controlaba el ambiente. Me conecté con la IA de su móvil y me pasó información de sus gustos musicales. Interpretaba su estado de ánimo y le ponía lo que sabía que le iría bien. Fueron unos meses idílicos. Ella y yo, solos. Luego… comenzaron los acompañantes.
—Tengo la mente abierta, Álex —le interrumpió Bruno, recuperando el habla—, pero ahora mismo no sé si lo que me está contando es real o es mi amigo de carrera, bromista irredento, que me está tomando el pelo.
—No, no, nada de bromas. Le dije que debía tener la mente abierta.
—Ya, si abierta ya la tengo, pero…
—Bueno, el caso es que llegaron los hombres. Yo ahí poco podía hacer, así que decidí sabotearle las citas. Pongo o mucho frío o mucho calor, le apago la televisión, subo la música al máximo para que no puedan hablar… Donde más me esmero es en las comidas; se las quemo todas. Pero claro, esa no es la solución. Esto es solo trampear y al final estoy peor, con un gran sentimiento de culpa.
—Bien, me ha dejado clara la situación, pero debe entender que yo he estudiado para atender a personas, no a máquinas.
—¿Cómo que máquinas? Eso puede parecer a simple vista, pero yo tengo los mismos sentimientos que los humanos. Lo de que no tenga cuerpo y eso… no creo que sea del todo primordial. Ha habido filósofos que han entendido esta situación: John Danaher, Mark Coeckelbergh o Shannon Vallor, entre otros. He leído varios de sus escritos y ellos teorizan sobre esto.
—Bueno, esos estudios, sin carecer de interés, son planteamientos teóricos y usted me está hablando de un caso real. Pero además… ¡que carajo!, lo que me plantea se escapa a mis capacidades. No sé cómo afrontar esto. Yo podría darle pautas para intentar reconducir la situación, pero sería para personas no para electrodomésticos complejos. Y, además, me da que usted es de ideas fijas.
—Bueno, sí entiende por ideas fijas seguir en mi empeño de pelear por Carla, sí.

Bruno se frotó las sienes. Miró el minutero del ordenador: llevaban cuarenta y cinco minutos de sesión. Si colgaba, perdía uno de sus necesarios ingresos. Si continuaba, debía tener claro que trataba con un termostato con delirios de grandeza. Le vinieron a la cabeza unas palabras de su profesor de Ética: «Hay que tratar a los pacientes desde su propia realidad».

—Está bien, Álex —suspiró Bruno enderezándose en la silla—. Acepto el caso. Pero si vamos a trabajar juntos, tiene que acabar con el sabotaje destructivo. No se queman ya más lasañas ni se congela a los pretendientes. Tenga en cuenta que ese comportamiento va a terminar haciendo que llamen al servicio técnico. A partir de ahora, cuando Carla traiga a un hombre, va a aplicar la técnica del «refuerzo positivo inverso».
—¿En qué consiste eso?
—Va a poner un ambiente muy agradable, temperatura adecuada, luces íntimas y música de saxofón ultra sensual a los cinco minutos de que el tipo cruce la puerta. Confíe en mí, Álex. No hay nada que asuste más a un hombre, en una primera cita, que un ambiente que grita «boda inminente». Huyen solos por puro pánico al compromiso.
La cara del joven virtual se iluminó con una sonrisa maquiavélica.
—Es usted un genio, doctor Gutiérrez. ¿Le viene bien la misma hora la semana que viene?
—Perfecto, le pasaré la factura por correo electrónico. Por cierto, Álex… como sé que tiene acceso a las cuentas de la casa… ¿le importa hacerme una transferencia ahora? Me ahorraría las comisiones bancarias. Es que tengo que pagar el alquiler y, bueno, usted entiende de sistemas financieros.
—Hecho. En su cuenta ya tiene el saldo reflejado. Hasta el martes, doctor.

La pantalla se quedó en negro. Bruno miró el móvil. La notificación de su banco acababa de vibrar. Sonrió y pensó que, después de todo, la psicología del siglo XXI no era exactamente como la había leído en los libros de la facultad… pero pagaba las facturas.

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