La matanza
Esa mañana el pueblo estaba casi vacío, y no solo por ser un frío día de noviembre. Los pocos vecinos que había y los cuatro de la ciudad que se habían animado a venir, estaban casi todos en el bajo de Dolores. Hoy era el día de la matanza.
—¿Y Venancio, no va a venir o quiere hacerse de rogar? —preguntó Auspicio a Teodoro que parecía interrogarle con los ojos.
—Y yo que sé. Ya sabes lo raro que era con esto de la matanza, para él era todo un ritual.
Había varios corrillos, jóvenes por un lado y mayores por otro. Cada año participaba menos gente. Muchos se frotaban las manos intentando entrar en calor, mientras el vaho salía de sus bocas. Algunos zapateaban en el suelo, el frío se dejaba notar y mucho.
—No vamos a esperar más —dijo Teodoro en voz alta—. Cuando quiera ya llegará Venancio, nosotros vamos a empezar sin él. Al fin y al cabo nadie es imprescindible.
Los mayores se miraban extrañados.
Sacaron el banco donde se sacrificaba al cerdo, luego barreños, mandiles, cuchillos, ganchos…
—¡Vosotros cuatro! —señaló Auspicio a un grupo de jóvenes—. Acompañadme para sacar al cochino.
Entraron los cinco en la cuadra, llevaban un cubo de comida para engañarlo. Hacía frío, esperaban encontrarlo aletargado.
El animal, veía demasiada gente en su cuadra y desconfiado, retrocedía. No se acercaba al cubo.
Ahí es donde la fuerza de Auspicio entró en juego. Unos lo cogían del rabo, otros de las orejas… el animal se revolvía.
Había que colocarlo en el banco. Del oink, oink inicial había pasado a un chillido más agudo y desesperado. Todos resoplaban.
Teodoro se acercó con el cuchillo, sabía que tenía que darle un tajo limpio, pero nunca lo había hecho antes. Siempre había sido el matarife, Venancio.
Dudó, se acercó inseguro, el esfuerzo de los que lo sujetaban cada vez era mayor. En el primer corte no acertó con la carótida. Un trastazo con una pata del animal hizo que un joven cayera al suelo. Todos estaban en tensión, sudando como cochinos.
Volvió a intentarlo. Aquello era una chapuza, otro corte y la sangre saltaba sobre él a borbotones.
Dolores se apresuró a poner un balde para recogerla; debía batirse rápidamente para que no se cuajara.
El animal todavía se movía. Teodoro tropezó con el balde y la sangre le empezó a caer encima.
—Maldito Venancio —dijo por lo bajines.
Lograron recolocarlo para recoger la sangre mientras Dolores la removía con el palo.
Al final el animal dejó de moverse. Todos aflojaron y volvieron a respirar, casi sin darse cuenta, habían dejado de hacerlo.
La sangre caliente en contacto con el aire helado hacía que saliera del cubo una neblina rojiza que lo envolvía todo.
—Esto pasa por lo que pasa —comentaban dos abuelos—, Venancio nunca dejó que nadie aprendiera.
Varios asentían con la cabeza.
—Debemos chamuscar al cochino —dijo uno—. ¿Dónde está la paja?
—Era Venancio quien la traía —comentó otro.
Rápidamente mandaron a dos jóvenes a por una bala a casa de Julián, aunque como era un poco huraño no sabían cómo los recibiría.
Echaron una cama de paja en el suelo y pusieron al animal encima cubriéndolo con el resto. Luego le prendieron fuego.
El olor era penetrante; se quedaba pegado.
—¿Y ahora qué? —dijo uno de los jóvenes.
—Cuando termine de chamuscarse hay que frotar bien la piel para limpiarlo —comentó un abuelo— pero no sé más.
—Eso lo hacía Venancio. Luego de eso hay que colgarlo y dejarlo orear hasta mañana —dijo otro.
Algunos, poco a poco, se fueron marchando.
—Yo no sigo batiendo la sangre —dijo Dolores al ver que se quedaba sola en esa agotadora faena—. Para cuatro morcillas, no merece la pena.
Los que aún aguantaban allí se miraban. Nadie tenía ganas de continuar. Decidieron que a la mañana siguiente se repartirían el animal como fuera y que cada uno se apañara.
—Venancio ha muerto —dijo el hijo de Genaro, que llegó corriendo en ese momento.
Nadie dijo nada.
Tampoco Teodoro. Tenía las manos aún manchadas de sangre.
Terminaron como pudieron.
Al rato estaban todos en el bar.
Un joven subió esa noche unas fotos a las redes.
Las fotos no parecían hechas en el pueblo.
