Interiorismo letal – reformas de muerte
En su tarjeta de visita decía claramente su profesión «Martín Hermosilla – Interiorista». Era su pasión. Lo de asesino a sueldo, doctorado por la universidad «Ninja de estar por casa», era por su necesidad de ingresos extra. Lo que llamamos vulgarmente pluriempleo.
Actualmente trabajaba para la agencia Sicarios «Pepe e Hijos»: «Matamos poco, pero con cariño».
Su método era simple, pero efectivo. Los abordaba en su casa y allí los mataba, normalmente de un tiro, aunque a veces usaba otros métodos. Era muy adaptativo y tenía imaginación. Hasta la fecha no había habido ninguna reclamación por parte de los muertos.
—Martín, este caso que te encargo tiene que ser rápido y muy profesional. Han pagado bien y no puede haber fallos. Él hombre tiene que quedar muerto y bien muerto, eso sí, con cariño, pero muerto.
—Tranquilo, Pepe, yo no fallo, dame los datos y ya sabes, me ingresas el dinero, me das los bonos para las comidas gratuitas en el Burger King y los vales de descuento para el super.
Durante un par de días Martín vigiló a su presa. Ataulfo Repite, tenía una empresa «Adiós muy buenas, despedidas de soltero».
Vivía solo, ya había accedido a su vivienda para saber cómo era. No era bonita. Se notaba que no tenía buen gusto. La casa estaba bien, tenía buena distribución, pero los muebles, las lámparas…
Esa noche, accedió a la vivienda. Un pequeño chalet a las afueras de la ciudad. Su objetivo estaba sentado, más bien espatarrado en el sofá viendo la tele. Unas latas de cerveza por el suelo y restos de comida de un chino llenaban la mesa de centro frente al sofá. En la televisión proyectaban una película de guerra.
Cuando Ataulfo sintió el frío metal en su nuca, soltó el mando a distancia y por su boca salió un chorro de cerveza.
—¡Llévatelo todo! —gimió— ¡Tengo una Thermomix sin estrenar en la cocina y una tarta de queso en el frigo!
—Cállate —susurró Martín con voz gélida—. No me hables de tu cocina. He visto los azulejos color azul cielo con cenefas de frutas. Es un verdadero crimen de guerra Ataulfo. Un atentado a mi sensibilidad. Está claro que no entiendes nada de minimalismo nórdico, todo esto es un horror vacui.
—¿Qué? —dijo Ataulfo, girando la cabeza justo para ver que el asesino no le miraba a él. Estaba frunciendo el ceño mirando su lámpara de pie con flecos de colores.
—Esa lámpara… —Martín guardó la pistola en la sobaquera y sacó un metro extensible—. No puedo matarte aquí, hombre. Cuando venga la científica y vea que moriste al lado de un sofá de skay marrón, mi reputación de interiorista se irá al garete. La sangre salpicaría ese cuadro de ciervos y el conjunto daría risa, no sería nada trágico.
—Pero… entonces ¿no me matas?
—No seas zafio y ordinario. Primero, vamos a crear un concepto abierto. Coge ese extremo del aparador y vamos a cambiarlo de sitio.
Con el láser de su pistola, pusieron a nivel los cuadros. Martín dirigía, Ataulfo obedecía sujetando los marcos con dedos temblorosos.
—Más a la derecha. No, demasiado. Ahí.
—¿Así?
—Así. ¿Ves la diferencia?
—Sinceramente, no.
—Y el parqué, es sintético y se está despegando.
—Lo sé, me lo dijo el casero hace tres años.
—¿Y no lo has arreglado?
—Estaba esperando a ver si se despegaba del todo para cambiarlo.
Martín lo miró. Ataulfo no supo si aquello era motivo suficiente para que le disparase.
Cambiaron el espejo a la pared del fondo. Martín retrocedió tres pasos, entornó los ojos.
—¿Ves esto? Ahora el salón respira —dijo Martín.
—Yo no lo veo, pero si tú lo dices —dijo Ataulfo—. Sigo viéndolo feo.
—Claro que sí —dijo Martín—. Pero ahora es feo con criterio. Antes era un caos.
—¿Y lo de matarme?
—Eso lo veremos más adelante. Vamos a ver que podemos hacer con el resto.
Una semana después, a primera hora, Martín entraba en la oficina; llevaba unas muestras de papel pintado y unas velas aromáticas.
Pepe, sentado tras su escritorio de formica gris, masticaba un palillo mientras contaba vales descuento de Burger King.
—¿Y bien, Martín? —gruñó sin levantar la vista—. ¿Está Ataulfo ya en el «punto de no retorno»? ¿Le has dado el «cariño» del que hace gala esta empresa?
—Verás, Pepe… —Martín dejó la vela sobre la mesa, tapando un agujero en la formica—. He tenido un contratiempo técnico, una incompatibilidad estética insalvable.
Pepe dejó de contar los vales y entornó los ojos.
—¿Qué incompatibilidad? ¿Se te encasquilló la Glock? ¿Tenía un pit bull?
—Algo peor —replicó Martín, frotándose las sienes—. Tenía un sofá de skay marrón, de ese que se te pega a los muslos en verano. Y que quieres que te diga de las cortinas, con caídas, con pompones amarillos.
Pepe lo miraba en silencio; la boca se le abría y cerraba como los mecanismos de feria.
—Martín —dijo al fin—, te pago para que quites vidas, no para que pases el algodón por el mobiliario como Mr. Proper. Al cliente le da igual si el sofá es de skay o de seda china.
—A él puede que sí, pero a mi Instagram de interiorismo no —replicó Martín ofendido—. Imagina que entra la científica. Sacan fotos, esos muebles de los ochenta. Mi bala, que atraviesa un cojín con la cara de un gatito… ¡Un desastre visual! Eso sería un asesinato ordinario, Pepe. Yo tengo un doctorado por la «Ninja de estar por casa». Tengo mis estándares.
Pepe, de un puñetazo en la mesa hizo saltar los cupones.
—¡Nos han pagado un plus de tres menús gigantes y unos vales para el túnel de lavado! ¡No puedo devolverlos, ya me he comido los aros de cebolla de los menús y he lavado el coche!
—No hay problema, lo tengo todo bajo control. No lo he matado, pero le he reformado el salón y adecentado la cocina. Le he cobrado la tarifa de «urgencias decorativas y un plus por nocturnidad»; aquí tienes tu porcentaje. Es más dinero del que nos daba el cliente por el muerto.
Pepe revisó el dinero del porcentaje y su cara cambió. Un brillo codicioso se instaló en sus ojos.
—¿Dices que… por moverle el aparador, unas alfombras, modificar unas cortinas y nivelar unos cuadros te has sacado el triple?
—Me ha recomendado a su primo, quiere hacer desaparecer unos muebles de cocina de roble oscuro —añadió Martín con una sonrisa profesional.
Pepe lo miró, miró los números y luego volvió a mirarlo a él. Luego, guardó su pistola en el cajón y sacó un catálogo de Titanlux.
—Martín, llevo veinte años en este negocio. Mi padre mató a gente, mi abuelo mató a gente, mi bisabuelo mató a gente… bueno, ese era dentista, pero la idea es la misma. Y dices que ya tenemos otro cliente. Martín… olvida lo de los sicarios. A partir de mañana la agencia se llama «Interiorismo Letal — Reformas de Muerte». Tú pones el gusto y yo… yo sigo gestionando los cupones del Burger King. Y Martín… —añadió señalándolo con el catálogo— ni una palabra a mi padre. Él piensa que los problemas se solucionan con cal viva y no con papeles pintados.
—Una cosa, Pepe. El cliente de la cocina de roble… quiere que también hagamos desaparecer a uno.
—Eso ya es tarifa aparte —dijo Pepe mientras revisaba el catálogo de pinturas—. Por cierto, se me ocurre un eslogan para nuestra tarjeta de visita «Le quitamos el tabique… o al vecino».
