Desilusión
La habitación estaba en penumbra. Por el balcón abierto entraba el ruido de los coches y el olor a gasolina.
Hacía años, por el mismo balcón, se podía escuchar el sonido de los pájaros y oler las flores de los tilos del parque cercano.
En la radio, una vieja Telefunken del 63, estaban dando las noticias; un locutor comentaba los nuevos casos de corrupción que se habían destapado esa semana y las interpelaciones que había habido en el Parlamento.
Tiburcio, sentado en su viejo sofá, con los ojos cerrados, movía la cabeza de un lado al otro. Mientras escuchaba las noticias, su rostro mostraba un gesto de desagrado.
Al otro lado de la habitación, su nieto Francisco trasteaba con el ordenador.
En un momento dado, Tiburcio, volviendo la cabeza hacia él mientras abría los ojos, le preguntó:
—Qué, Francisco, ¿cómo te ha ido la semana? Tu madre me ha dicho que has tenido unos días muy movidos con asambleas y manifestaciones; me recuerdas un poco a mí, de joven.
—Abuelo, tú mejor que nadie para entender lo que estoy haciendo —mientras decía esto, le enseñó un viejo folleto amarillento con el lema «Pan, Trabajo y Dignidad», de los tiempos en que él estuvo en la clandestinidad—. Nuestra lucha es similar a la tuya en su día. Quiero, igual que tú, que todos seamos iguales. ¿No crees que es hora del cambio?
Los pensamientos de Tiburcio volvieron tiempo atrás: largas caminatas por pasillos oficiales, órdenes contradictorias, ideales diluidos por los intentos de otros de tener sus cuotas de poder, incluso antes de ganar.
—Mira, Francisco, ¿crees que el problema es de quién manda? Yo pensaba lo mismo. Luché, fui encarcelado —dijo, mientras sus dedos rozaron el marco de una foto que había cogido de una mesita; en ella, dos jóvenes sonreían.
Los recuerdos se agolpaban en su cabeza, mientras una lágrima corría por su mejilla.
—Mi mejor amigo, con el que había pasado grandes penurias, no dudó en cambiar de bando en cuanto le ofrecieron un despacho. Todavía sus muñecas mostraban las marcas de los grilletes, el primer día que entró allí.
Francisco se quedó pensativo. Siguió mirando la pantalla un momento, aunque había dejado de ver.
—Abuelo, nosotros no somos así.
Lo dijo en voz baja, sin el ímpetu de antes. Tiburcio lo miró con bondad.
—¿Todos?
—La mayoría… hubo un asunto en la última asamblea. Un tipo que llevaba meses hablando de horizontalidad comenzó a maniobrar para controlar quién tomaba la palabra y cortaba cuando no le parecía bien lo que se decía. Nadie dijo nada. Yo tampoco.
Esquivó la mirada de su abuelo. Este se miraba las manos, no respondió; dejó que el silencio hiciera el trabajo.
—Lo que tú digas, abuelo —murmuró sin levantar la vista de sus puños apretados— pero yo no voy a rendirme.
Cuando salió su nieto a la calle, Tiburcio se asomó al balcón. En una tapia de enfrente, un grafiti descolorido proclamaba «IGUALDAD» sobre una pared con desconchones. Miró al barrendero que pasaba por la acera, arrastrando su carro.
Apagó la radio.
