Animales…
El hombre, como todas las mañanas, está tomando un café, sentado en el porche de su casa, antes de que salga el sol. El rocío cubre el césped con una película de gotas transparentes y un intenso aroma a tierra húmeda lo impregna todo.
El ladrido de Rufo, desde el porche, hace que Zurda deje de seguir una mariposa por un momento. Luego, reanuda la persecución, con mucho entusiasmo, pero sin resultado.
Ginebra mira hacia el infinito desde el alfeizar, inmóvil, con los ojos entornados. Momentos después, indiferente, se estira y procede a acicalarse.
—Deja la mariposa en paz, Zurda —dice el hombre sin levantar la voz—. Hay cosas que no se atrapan corriendo.
Rufo lo mira de reojo, como si entendiera. El hombre le sonríe mientras termina el café. El sol comienza a salir por la ladera de la montaña.
Mientras observa a los animales, piensa: qué felices viven, no cargan con el pasado, no prometen nada, y, sin embargo, cumplen.
Rufo lentamente se levanta del suelo y apoya el hocico en la rodilla del hombre.
—Los animales no mienten. No buscan disculpas, solo viven —comenta en voz baja, mientras acaricia al perro—. Tal vez eso sea la paz, la esencia del placer, no tener necesidad de fingir.
Ginebra, que ha dejado de lavarse, lo mira. Parece como si supiera lo que estaba pensando.
Cuando el hombre se levanta y entra en la casa, los tres se miran y comienzan a hablar entre ellos.
—El humano lleva toda la mañana hablando solo —dice Rufo, resignado, con tono grave.
—Dice que somos sabios — afirma Zurda mientras ríe—. No me extraña, él no sabe ni sacar una liebre de su madriguera sin nuestra ayuda.
—Los humanos creen entenderlo todo, pero no saben dormir al sol horas y horas sin sentirse culpables —dice Ginebra mientras se atusa los bigotes. Este se pasa el día diciendo que quiere paz y todos los días ve los informativos y lee el periódico, aunque sabe que le hace ponerse de mal genio.
—Nos da órdenes y ni siquiera nos entiende cuando le indicamos que tiene la nevera vacía —dice Rufo—. Se creen dueños de todo y no saben cómo pisar la hierba sin un zapato que les proteja.
Al rato sale el hombre y, viéndolos a los tres en el porche, comenta en voz alta.
—Si pudierais hablar, seguro que me comprenderíais.
Los tres se miran.
—Y si él supiera escuchar, nos entendería —responde Rufo.
Ginebra bosteza y Zurda ríe por lo bajini.
El hombre, mirándolos, piensa: a veces creo que me entienden.
Los tres se miran y sueltan una carcajada.
Él, ni siquiera se da cuenta.
