El tesoro
¡Evaristo ha muerto!
Fueron las palabras que dijo el hijo de Marce, sin llegar a entrar al bar, asomando la cabeza a través de la cortina de cuentas que servía para que no entraran las moscas.
Varios de los que estaban allí, tomando unos vinos, salieron a la calle. Evaristo siempre había sido un hombre reservado, pero, a pesar de ello, había sabido ganarse el aprecio de todos. Era de palabras justas, aunque siempre dispuesto a echar una mano. Desde que murió su mujer, Eufrasia, se había encerrado un poco más en sí mismo y si antes decía poco, después apenas se le oía.
Tenía una pequeña huerta y cuatro animales; algunos decían que aquello era lo que lo mantenía en pie.
El domingo, al acabar la misa, don Cosme carraspeó antes de hablar y sacando un sobre arrugado de su bolsillo, se dirigió a sus feligreses.
—Como sabéis, Evaristo no tenía familia. Me dejó una carta para que la leyera tras su muerte.
Gracias por asistir a mi funeral. Sé que estáis todos. Vine sin nada y sin nada me voy. Dejo una caja con un tesoro para el pueblo. Espero que sepáis apreciarlo.
Evaristo.
El silencio estalló en murmullos. ¿Tesoro? Y ya no se oyó otra cosa.
Todos salieron precipitadamente de la iglesia y formaron corrillos, bajo un sol de abril que ya calentaba en condiciones. Las mujeres se abanicaban y los hombres sudorosos, se secaban la frente con los pañuelos.
—De la venta de las tierras y el ganado, sacó sus buenos duros —decía uno.
—Seguro que hay dinero —decía otro.
—O joyas —comentaba el boticario
—Qué buena pareja hacían él y su mujer —recordaba una vecina.
—La quería mucho. Desde que se le murió, no volvió a ser el mismo —decía otra.
En todos los corrillos había comentarios similares y, aunque ya era la hora de comer, nadie parecía dispuesto a marcharse; todos parecían esperar algo.
Los más viejos contaban anécdotas: cuando cruzó el monte a caballo, con una fuerte nevada para traer medicinas, aquella vez que sacó del lagar a Antonio medio muerto por el tufo…
Poco a poco las historias crecían, pero había un brillo distinto en los ojos de muchos; la palabra tesoro les había despertado algo.
Quedaron a las cuatro en la casa.
Cuando llegaron, la puerta estaba abierta. Dentro, todo revuelto. No era el desorden de vivir, era el de una búsqueda desesperada; alguien se les había adelantado.
Se miraron. Nadie dijo nada, pero las sospechas se dibujaron en algunas caras.
Buscaron hasta el anochecer. Nada, ni caja, ni nada que se le pareciera, solo polvo y mal humor.
En el bar de Toni, los vinos no ayudaron a pensar mejor; solo afiló algunas lenguas.
—Esto ha tenido que ser cosa tuya, Lisardo —soltó Ricardo, el herrero—. Tú y tus hijos habéis limpiado la casa, sé que necesitáis dinero. No lo esperaba de ti… bueno, sí, porque nunca fuiste buena gente.
Un silencio espeso se hizo en el bar cuando Justino y Venancio, los hijos de Lisardo, dejaron los vasos y se abalanzaron sobre el herrero. Los golpes sonaban secos. Lisardo tardó en separarlos, sabía que Ricardo era una bestia, aunque sus hijos no lo eran menos. No quería sangre. Además, sabía quién había revuelto la casa.
—Ricardo, tienes una boca muy grande —dijo Lisardo—. Sí, ando justo de dinero, pero no llegaría a eso. Sé quién lo ha hecho, pero no lo diré. El sabe a quien me refiero y solo le pido que deje de buscar. Creo que Evaristo nos está gastando una broma. Si dejó un tesoro… no lo merecemos.
El cura se llevo a Ricardo y los murmullos volvieron.
Pasaron los días. El ánimo inicial se apagó, la gente dejó de buscar, pero no dejó de desconfiar. El tesoro no unió al pueblo, lo separó.
Tomasín, el hijo de Marce, al que todos decían el tonto del pueblo, aunque de tonto no tenía nada, no había dejado de buscar. Y un día la encontró. Fue en la cuadra de Evaristo, vio una pared con un revoque distinto, golpeó y todo se vino abajo; detrás, la caja.
—¡Don Cosme! ¡La he encontrado! ¡La he encontrado yo!
El cura la abrió. Dentro, solo un sobre. Lo examinó un momento, como sopesando lo que pudiera haber dentro y esa misma tarde reunió a todos.
Nadie hablaba. Había miradas de desconfianza. Algunos pensaban que ya habrían vaciado la caja y ahora se montaba el numerito.
Rompió el sobre y leyo.
Si estáis leyendo esto, es que habéis buscado todos juntos hasta encontrar la caja. Ese era mi tesoro, conseguir que os volviérais a mirar. Si solo habéis encontrado sospechas, habéis perdido lo que deje.
Evaristo.
Todos se quedaron en silencio. Nadie hablaba. Algunos sonreían con amargura y otros con algo parecido a la ternura.
Ricardo miró a Lisardo. No pidió perdón, pero sí bajo la mirada, eso para él ya era mucho. Lisardo se encogió de hombros.
—No había oro, ni dinero, como muchos pensaban —dijo Tomasín—, pero yo me lo he pasado muy bien buscándola.
Todos lo miraron. Algunos soltaron unas risas, las primeras en semanas. Muchos asintieron.
Con el tiempo, la historia se convirtió en una más del pueblo para contar en la bodega.
Algunos, seguían pensando que Evaristo se había reído de todos. Otros, que les había hecho un regalo.
Pero algo había cambiado: los vecinos volvieron a saludarse, los del barrio de arriba retomaron las comidas comunales con los de abajo…
Y quizá, por primera vez, en mucho tiempo, el pueblo hizo algo en común, como antes, sin esperar nada, solo por querer tener algo que compartir.
