El ruido

Al principio, al ligero sonido que Federico empezó a oír, mientras tomaba café en el bar, no le prestó demasiada atención y siguió leyendo el periódico como si tal cosa.
Pero al cabo de unos segundos, no llegó ni al minuto, el ruido aumentó de volumen hasta hacérsele insoportable. Tapaba incluso el sonido de la radio del bar, y eso que Antonio, el dueño, estaba medio sordo y la tenía a tope.
Federico dejó el periódico. Aquel ruido, que no sonido, le recordó a un gallo con catarro o quizá a la lavadora del cura rezando el rosario. El caso es que despertó su curiosidad.

—¿Qué te parece a tí, Tonio? ¿Qué puede ser ese ruido? —preguntó, acercándose a la barra.
—¿Qué ruido? Yo solo oigo la radio y flojita.
—Para qué te preguntaré nada… si estás más sordo que un audífono sin pilas en un concierto de heavy metal.

Salió a la calle. El ruido ahora sonaba más cerca, como si fuera algo mecánico.
—¿Qué te parece ese ruido? —preguntó a Genaro, el cartero, que se había asomado a la puerta de su cochera.
—Tiene que ser el coche de Manolo; suena así desde la crisis del 78.
—No sé—dijo Julián, el porquero, que pasaba por allí—. Desde el gallinero de la Juani salen unos ruidos muy raros últimamente. Parece que en vez de gallinas tiene cantantes de ópera con sinusitis.
—El ventilador del tendero cualquier día despega, pero creo que no es de ahí —dijo Federico.

Decidió seguir el ruido por su cuenta. Julián y Genaro se fueron a lo suyo, así que se quedó solo en medio de la calle, con el zumbido retumbando en su cabeza.
Pensó que para ser un pueblo donde la gente se echaba a la calle hasta para ver pasar los cerdos de Julián, aquello tenía que estar levantando revuelo.
No se equivocaba, de las casas empezaban a salir vecinos con cara de pregunta. Los gestos de cabeza y hombros encogidos decían claramente lo que todos pensaban. ¿Qué demonios es?
—Tiene que ser el nuevo repetidor de la tele —dijo uno.
—No, eso es Raúl y sus amigos que están ensayando —contestó otro.
Cada uno daba su opinión, más disparatada que la anterior.

Federico, siguiendo el ruido, llegó por fin a la plaza del ayuntamiento. Allí el estruendo era ensordecedor, venía de los altavoces que estaban instalando para las fiestas.
Rápidamente, entró en el ayuntamiento.
—Vienes por lo del ruido —dijo el alcalde—. Pues paciencia. Estábamos cambiando unas piezas al equipo de megafonía y, no sé cómo, se ha cerrado la puerta del armario; dentro están el cuadro eléctrico y todas las llaves del pueblo.
—Pues abridla y paradlo.
—Ya, como si fuera tan fácil —bufó el alcalde.
En esto que llegó el alguacil con un hacha enorme.
—Apartaos —dijo, y con un par de golpes certeros reventó la cerradura.
El alcalde entró y apagó el sistema.
Todos se miraron, parecía que tuvieran ganas de decir algo, pero se les hubiera olvidado.

Federico regresó al bar. Se sentó, pidió otro café y abrió el periódico.
Apenas había leído el titular cuando el aparato de megafonía volvió a chirriar, aún más fuerte que antes.
Federico levantó la vista.
—En este pueblo va a ser que el silencio no dura lo que un café.