Aprendí que…
La mañana había salido desapacible. Cuando Clara se acercó a la ventana, pudo ver los negros nubarrones y las gotas de lluvia comenzando a golpear el cristal. Mientras observaba el cielo, torció la boca en un gesto de desagrado, refunfuñando algo sobre el frío y la lluvia.
Vestida y lista para marcharse, parada delante del paragüero dudó si coger un paraguas o no.
El sonido de su móvil le hizo abandonar sus pensamientos y metiendo la mano en el bolso sacó su teléfono.
—¿Clara Uribe? —oyó por el auricular.
—Soy yo, ¿con quién hablo?
—Le llamo de la UCI, de cardiología, del Hospital Virgen del Alba. Su abuela Sofía ha sufrido un derrame, su estado es crítico. Ella nos ha pedido que la llamemos, quiere verla. Si va a venir, dese prisa —dijo la voz al otro lado.
Clara, mientras conducía bajo la lluvia torrencial que se había desatado, recordó la distancia emocional que había tenido siempre con ella. Había sido una mujer fría, distante, contenida. Nunca había recibido por su parte ninguna de las muestras de cariño que uno esperaría de una abuela.
Cuando entró en la habitación se quedó parada; estaba conectada a unas máquinas. Le impresionó verla así, allí, agarrada a esa cama…
Cuando por fin se acercó, ella la miró y sus ojos se iluminaron. Con esfuerzo, le señaló una silla que había junto a la cama.
—Siéntate, necesito… contarte algo.
Su voz era débil, lejos de la seca y autoritaria que ella recordaba.
—Voy a morir, pero lo que voy a decirte, tú, aún lo puedes usar —hizo una larga pausa, casi dolorosa—. Aprendí que las palabras que no se dicen pesan más que cualquier error cometido.
Clara asintió educadamente, pero sin comprender.
—No es… una frase bonita, Clara. Es mi condena. Escucha… no me queda mucho tiempo.
Cogiendo la mano de Clara comenzó a contarle:
—En el 58… —Sofía cerró los ojos un instante, como buscando fuerzas para seguir allí—. Yo trabajaba como maestra, tenía 22 años y él… Tomás… un poeta tímido que daba clases de literatura.
Guardó silencio mientras el monitor de su cabecera pitaba con ritmo errático.
—Primero fueron miradas, luego gestos y conversaciones casi a escondidas en la biblioteca. Me pidió matrimonio con un bello poema, pero mi padre, sin contar conmigo, había arreglado mi boda con Ricardo, un hombre de negocios respetable, rico y aburrido.
Yo tenía las palabras preparadas: —No puedo casarme con Ricardo, padre, amo a Tomás. Nunca las pronuncié, no me atreví.
Me casé… con Ricardo. Tuvimos tres hijos, el último era tu padre. Fui una esposa impecable, una madre correcta, una mujer afortunada a los ojos de todos. No obstante, cada noche, durante los siguientes cuarenta años, me dormía pensando en las palabras que nunca me atreví a pronunciar.
Sofía paró de hablar; un fuerte acceso de tos le obligó a ello. Clara le acercó un vaso con agua. Con dificultad, aspiró un poco con la pajita y volvió a su narración.
—Lo vi años después, en el mercado. Él era viudo, yo seguía atrapada en mi matrimonio. Nos miramos. Me preguntó si era feliz…
Sofía soltó una risa seca que acabó en tos.
—Le mentí, por orgullo, por miedo… le dije que sí. Él asintió y se fue. Me enteré de que murió dos años más tarde.
Como ves, fui una cobarde, pero no fue la única vez. Nunca le dije a mi hijo mayor que estaba orgullosa de él; se suicidó creyéndose un fracasado. Ni a mi hija, que me arrepentía de lo que le dije por irse al extranjero; murió a distancia sin su familia. A Ricardo que, aunque no lo amaba, nunca le dije que le agradecía su bondad; murió creyéndose invisible en nuestro matrimonio.
Paró, el esfuerzo le había dejado exhausta. Durante un rato, con los ojos cerrados, intentó recomponerse. Su fría mano seguía agarrada a la de su nieta.
Clara estaba asustada, conmovida, reconocía en esas palabras el patrón de su propia vida. Hacía dos años que no hablaba con su hermano por culpa de un malentendido. Llevaba seis meses saliendo con una persona que le importaba mucho, pero no se atrevía a decirle te amo. Nunca le había dicho a su padre cuánto le admiraba por su fortaleza, no había tenido una vida facil.
—Clara, no cometas mi error. Di lo que sientes, siempre. Las palabras equivocadas… esas se perdonan, se olvidan. Pero las que no dices… esas te siguen. Se acuestan contigo cada noche. Esas, hoy, se vienen conmigo a la tumba. No dejes que te pase a ti —dijo Sofía con sus últimas fuerzas mientras le apretaba la mano.
—Gracias, abuela —dijo Clara llorando—. Te quiero… lamento no habértelo dicho antes.
Seis meses después, Clara visitó la tumba de su abuela. Dejó un ramo de flores y sentándose sobre su lápida, le leyó una carta que llevaba preparada; en ella le contaba todo lo que había hecho desde aquel día: llamé a mi hermano y le pedí perdón… Abuela, algunas conversaciones fueron difíciles y otras hermosas, pero gracias, aprendí a tiempo tu lección.
