Las naranjas

El cielo amenazaba lluvia y eso hizo que Manuel torciera un poco el gesto cuando dejó de mirar por la ventana.
Luego, se sentó en el sofá y encendió la radio.
Después de un rato, decidió lavarse, vestirse e irse a la calle. Ya en la puerta, miró indeciso el paraguas y decidió no cogerlo.
Llamó al ascensor, hacía tiempo que ya no bajaba andando. Las rodillas le recordaban sus tiempos en el carbón.

La humedad era lo primero que notaba al bajar. Para cuando comenzaba a picar ya estaba mojado. Ese respirar en la mina que te llegaba hasta lo más profundo y te envolvía.
Encorvado durante horas, el cuerpo terminaba por aprender a no quejarse. Recordó las paredes negras, las vetas que parecían heridas en la roca…

La parada brusca del ascensor lo devolvió al presente. Comenzó a andar apoyándose en su bastón y pensó: ochocientos veintisiete torpes pasos hasta la verdulería de Agapito.
—Hola, Manuel, ¿cómo está hoy? ¿Qué tal van esas rodillas? —preguntó el tendero.
—No me quejo, Agapito, lo cierto es que duelen como todos los días, pero uno al final se acostumbra. Ese dolor nos dice que estamos vivos, que no es poco.
—¿Le pongo dos naranjas como siempre?
Manuel asintió con la cabeza, cogió la bolsa de papel que le tendía Agapito, pagó y salió de la tienda.
Trescientos cuarenta y siete pasos hasta su banco en el parque San Miguel. Secó la madera del asiento y se sentó.

Una mañana cuando entró en la verdulería no estaba Agapito. Detrás del mostrador, una chica joven le preguntó qué quería, le sirvió rápido y se puso a atender a otro cliente.

Al día siguiente volvió y pidió, como era su costumbre, dos naranjas. La chica le preguntó si quería una bolsa, le dijo que no. Se las metió en el bolsillo mientras una sonrisa se dibujaba en su rostro.

Ya en la calle, se dio cuenta de que echaba en falta a Agapito. Aunque, pensándolo bien, quizá no fuera eso, sino que alguien supiera que él existía y lo reconocía antes de hablarle.

En el parque, sentado en su banco, peló una de las naranjas con torpeza; se manchó con el zumo, quizá eso para otros no era esa la felicidad, pero a él se lo parecía.