Demasiado lejos
Todos se miraron. Los gritos se oían hace un momento cesaron.
El coche estaba parado en mitad de la carretera. Nadie hablaba. El rumor del agua llegaba hasta ellos; unos metros más abajo estaba el canal que abastecía a la serrería.
Rufo lo enfocó con la linterna.
Hacía menos de una hora todos estaban sentados delante de la puerta del bar, junto a la gasolinera. El olor de los cercanos contenedores de basura era nauseabundo.
Acababan de ver un partido de baloncesto y su equipo había perdido. Aquello, no contribuyó a que mejorara el humor y las cervezas tampoco ayudaron.
—¡No hay derecho, nos han robado el partido! —gritó uno.
—¡Que son muy malos, que te lo digo yo! —se lamentaba otro.
—Joder, qué trompeta has liado, Matías, que solo somos cinco —dijo Eduardo, mientras lo encendía.
Un olor acre se extendió rápidamente.
Fue pasando de mano en mano y en la segunda ronda, ya las tonterías que decían habían subido de nivel y, quién más y quién menos, tenía un ataque de risa tonta.
Todos hablaban a la vez, nadie escuchaba. Luego, poco a poco, la conversación se hizo intermitente.
Rufo se fue al coche y volvió con un cartón de cervezas, todos cogieron una.
Una cuadrilla que salía del bar se quedó mirándolos. Algunos movieron la cabeza al verlos, mientras se dirigían a sus coches.
—¡Que os den! —chilló Matías a la vez que subía su mano derecha y dejaba en alto el dedo corazón.
Entre risa y risa, un ruido metálico les hizo volver la cabeza; un joven en bicicleta se aproximaba por la calle hacia donde ellos estaban.
—¡Con esa, ganas la vuelta! —gritó uno de ellos.
—¿No te da vergüenza ir con esa bici de chica? Y además, rosa ¿no tienes una de hombre? —decía a gritos otro.
El chico que iba en la bicicleta les saludó con la mano y siguió su camino. No llegó muy lejos. Uno del grupo se levantó y le sujetó el manillar.
—Anda, Antonio, ven con nosotros y tomas unas cervezas —le dijo.
—Gracias, Matías, no puedo. Debo volver a casa. Tengo que terminar los deberes —dijo, señalando los libros que llevaba en la cesta.
Todos ellos eran compañeros de instituto, alguno también de clase. Antonio, volvía de la biblioteca y pensaba: En qué momento se le había ocurrido regresar a casa por la carretera. Ahora tenía que aguantar a estos. No eran mala gente, pero sabía que cuando bebían, y ahora estaban bebidos, se les solía ir bastante la pinza.
Al final, Matías le cogió la bicicleta y no le quedó otra que acercarse a donde estaban los demás.
Julián era compañero suyo de clase junto con Germán y Eduardo; Matías y Rufo iban al curso siguiente.
Por separado no solían ser problemáticos, pero juntos era otra cosa.
—Bebe con nosotros —le dijo Rufo mientras le ofrecía una cerveza.
Antonio sabía que cuando Rufo bebía, nadie le podía llevar la contraria.
—Que no, Rufo, que no bebo, ya lo deberíais de saber. Gracias, pero tengo que irme.
Eduardo, que le había quitado la bicicleta, daba vueltas con ella alrededor de un contenedor de basura con bastante dificultad.
A una señal de Rufo, dos de ellos se abalanzaron sobre Antonio sujetándolo. Rufo le acercó la botella a la boca. Le tapó la nariz, obligándole a beber. La cerveza le empapó la ropa, mientras le jaleaban.
—¡Bebe, bebe, bebe! —vociferaban todos al unísono.
Se reían. Les parecían graciosos los intentos de Antonio por soltarse.
Eduardo, sujetándose en el contenedor, vomitaba. Los demás, entre risas, seguían intentando hacerle beber.
El olor a vómito tapó por unos momentos el del porro.
—¡Oídme! —dijo Rufo—. Se me está ocurriendo una idea.
Mientras lo decía, se fue hacia el aparcamiento y de su coche sacó un rollo de cinta americana.
—Vamos a darle a Antonio un paseo gratis. Subidle en la bicicleta.
Matías y Germán la acercaron y le obligaron a subirse.
Mientras lo agarraban entre los dos y pese a sus esfuerzos por liberarse, Rufo le sujetó las manos con cinta al manillar. Luego, ató una cuerda a la bicicleta y acercando el coche, la sujetó desde la ventanilla del conductor. Cuando todos se subieron, poco a poco, el coche comenzó a moverse.
—Vamos —dijo Rufo— que vas a pasear gratis y sin cansarte.
Antonio no podía soltarse de la bicicleta. Les pidió que pararan, pero no lo hicieron. No le quedó otra que intentar mantenerse y pedalear, a pesar de que el coche iba cogiendo velocidad. Al final, tuvo que quitar los pies de los pedales, no podía mantenerlos por lo rápido que giraban. La vibración le sacudía todo el cuerpo y algo metálico raspaba el asfalto y saltaban chispas.
Las risas de los del coche se oían por encima del sonido del motor. Frenaban para que Antonio se aproximara y volvían a acelerar.
Así, a trompicones, anduvieron un trecho. Antonio, respirando con dificultad les pedía que por favor le soltaran, que no podía más.
Estaba claro que eso no iba a pasar y cuando salían del pueblo, camino de la curva del molino, Rufo fue acelerando poco a poco.
—Más, más, más —le coreaban todos.
La velocidad aumentó. La curva del molino estaba delante de ellos. Rufo no aminoró. De repente, la cuerda se deslizó entre sus dedos.
Frenó en seco y paró el motor. Un grito desgarrador, un golpe sordo… y silencio.
Salieron del coche tambaleándose y corrieron al borde de la carretera. Abajo, el canal oscuro rugía hacia el molino y la serrería.
Comenzaba a oscurecer, Rufo cogió una linterna y enfocó el canal. La bicicleta estaba medio sumergida y el cuerpo de Antonio no se movía. El agua que le cubría el pecho había comenzado a enrojecerse, tiñendo las hojas de uno de los libros de la cesta, que oscilaban a impulsos de la corriente.
—¿Qué hacemos? ¿Bajamos? —preguntó Julián.
Todos se volvieron hacia Rufo.
—Esta vez hemos ido demasiado lejos —dijo meneando la cabeza, como queriendo quitarse de encima un pensamiento molesto.
Dio un salto y, alumbrándose con la linterna, comenzó a bajar por el terraplén. Los demás le siguieron, bajaban dando traspiés, estuvieron a punto de caer al canal. Se pararon en el borde. Todo estaba sucio, lleno de basura y plásticos.
Rufo los miró, todos parecían estatuas. Cuando los alumbró con la linterna, vio que sus ojos tenían una mirada vidriosa.
—¿Avisamos a una ambulancia? —dijo uno de ellos con voz entrecortada.
—Sí, eso —dijo otro vacilante.
Los demás asentían con la cabeza.
—¡Estáis tontos o qué! —dijo Rufo—. ¡Larguémonos de aquí!
Sin decir nada, se acercó a la bicicleta y le quitó la cuerda. Un ligero temblor sacudió sus manos cuando tuvo que cortar las cintas que unían las manos al manillar. Luego, les gritó que subieran.
Julián se quedó unos segundos mirando el agua, le costaba quitar la vista del canal.
Ya en la carretera, en silencio, se montaron en el coche y se marcharon.
