El tren fantasma (II Parte y última)
Al día siguiente se acercó a casa del antiguo maestro. Él le había dado clase de pequeño en el pueblo y al jubilarse se había quedado a vivir allí.
Don Antonio lo recibió con cariño, era un buen hombre y en sus tiempos había ayudado mucho a Julián; sobre todo, a que se decidiera a ir a la universidad.
Cuando le contó lo que le había pasado, no dudó de él porque lo conocía, pero le dijo que no creía en esas cosas. Pero sí le podía enseñar viejos papeles sobre la mina y el ferrocarril. Había escrito un libro sobre el aprovechamiento minero de la cuenca del Trubia y conocía perfectamente todo lo relacionado con ello.
Desapareció en el desván y al rato volvió trayendo una caja grande de cartón.
—Aquí tienes documentos que en su día reuní para documentar mi libro. Aparte hay otros que fui recuperando de las oficinas de la mina cuando cerró. Nadie se interesó por guardarlos y a mí me vinieron bien para conocer datos sobre la explotación. Algunos todavía no los he leído.
Durante un par de días, Julián estuvo revisando y leyendo todos los documentos que había en la caja.
En una de las carpetas encontró uno que le hizo estremecer: una carta del ingeniero de la mina dirigida al patrón, unos meses antes del accidente. En ella le advertía del estado del puente y le pedía refuerzos urgentes para su reparación. Tenía adjunta una nota firmada por Nicanor Ronderos, el jefe, en la que le indicaba que de momento no había dinero para arreglos, no obstante, aumentaría el importe del seguro por si acaso.
Julián sintió un escalofrío, no fue casual, fue un crimen disfrazado de accidente.
Esa noche regresó a las vías; colocó linternas a lo largo de un trecho de vía y esperó. La niebla se echó y poco a poco lo envolvió todo.
El silbido llegó de nuevo y al momento lo vio: la silueta espectral del tren. A pesar de la niebla pudo distinguir, a través de las ventanilla, sombras humanas, rostros difuminados y miradas llenas de tristeza.
—No fue un accidente, fue aquel hombre —gritó mientras veía pasar el tren.
No oyó palabras, pero en su cabeza se dibujó con claridad el mensaje. Querían que se supiera la verdad, que alguien los recordara ya que la justicia los había olvidado.
Al día siguiente Julián reunió a los ancianos, a su abuelo y a todo el que quiso unirse. Les contó lo que había encontrado y les leyó las notas del ingeniero y del patrón.
Para recordarlos, esa tarde todo el pueblo fue a las vías y encendieron velas con los nombres de los muertos.
Fue un acto de memoria colectiva y se leyó en voz alta el nombre de cada uno de ellos.
Aquella misma noche, el tren fantasma pasó por última vez. Un silbido largo, casi más parecido a un lamento, se perdió en la incipiente niebla.
Luego, el silencio que siguió fue tan profundo que todos sintieron que las almas de los que viajaban en ese tren, habían encontrado por fin la paz.
Días más tarde, junto al río, se colocó un pequeño recordatorio. Agarrada a un pilar del puente, colocaron una placa que decía: Los fantasmas están entre nosotros, hasta que alguien descubre la verdad.
