El vacío de los jueves (parte III y última)
De vuelta a casa, Silvia recordó que en el desván había una caja con libros y papeles de su madre. Nunca le había prestado atención, pero ese lunes por la tarde la bajó al salón y la abrió. En ella había unas figurillas, fotos en sepia y varios libros con aspecto de antiguos.
Una libreta con tapas negras, le llamó especialmente la atención. Estaba escrita con una pulcra letra, posiblemente con plumilla. Algunas anotaciones eran confusas, pero en varias hojas claramente se hablaba de como las mujeres de su familia heredaban secretos y habilidades, como otras heredan sus joyas.
No terminaba de entender aquello, pero para ese miércoles estaba decidida a prepararse mejor que la vez anterior.
Cenó ligero y solo bebió agua. Se sentó en el salón en semipenumbra y dejó la televisión encendida sin volumen.
El reloj avanzaba y a las tres y dieciocho, como la vez anterior, le invadió un sueño profundo, pero esta vez de alguna forma y por unos instantes algo pudo observar.
La puerta del salón estaba entreabierta y vio una figura cruzando el umbral. No pudo distinguir su rostro, pero oyó que le susurraba: «Tienes que completar el ciclo».
Ese viernes, Silvia despertó distinta. En su mano sostenía un relicario que contenía un papel enrollado. Su letra otra vez.
«Tienes que volver hasta recordar todo».
Por primera vez, Silvia tuvo claro que no le pasaba nada, no estaba perdiendo la razón.
Cada jueves, una parte de su consciencia era ocupada por otra, su abuela Lucía, su madre o alguien de su linaje. No para poseerla, no, sino para transmitirle sus conocimientos ancestrales y que no se perdiera su legado. Las mujeres de su familia no desaparecían del todo, vivían en fragmentos de tiempo para poder pasar su saber.
Era su forma de transmitirlo.
El miércoles siguiente Silvia ya no tuvo miedo. Se sentó en el salón como otras veces y esperó. No buscaba entender todo, solo comenzar a comprender.
Cuando el reloj marcó las tres y dieciocho, no hubo sobresalto. Solo una quietud profunda; parecía como si todo su cuerpo estuviera esperando.
Como la vez anterior, una figura cruzó la habitación con paso tranquilo.
Esta vez, Silvia la vio con claridad; no era un fantasma, tampoco una alucinación, era una versión de ella misma, no exactamente igual, pero con su misma esencia. Los gestos de su abuela, la mirada de su madre…
La figura le sonrió.
—Ya puedes quedarte —le dijo.
Silvia asintió.
No hubo más palabras, ni revelaciones angustiosas, solo una memoria que ya no le era ajena.
Comenzó a recordar cosas que nunca le habían ocurrido. Comenzó a tener el alma de las mujeres de su familia.
Por primera, vez en años, vivió un jueves entero y lo recordó.
