El reloj
Si por algo era conocido Manuel en el pueblo, no era por el hidromiel que elaboraba, ni por los bastones que tallaba en el porche, era por sus manías.
Algunas eran visibles: la ropa, que se cambiaba todos los días de la semana; las albarcas, siempre tenía que ponerse primero la izquierda; la forma de coger los vasos en el bar, con las dos vueltas exactas antes de beber, los horarios. Estas eran las conocidas. Las otras las gordas, se las guardaba para él. Esas que, como si el no hacerlas acarrease el desmoronamiento de su mundo, las realizaba en silencio.
Una mañana, tras levantarse, al ir a desayunar, se quedó quieto frente al reloj de cocina. Aquel trasto llevaba años marcando mal la hora. Por más que lo ajustara con paciencia, siempre iba adelantado o atrasado.
Pero esa mañana no.
Marcaba las ocho y diez. Su hora exacta de desayunar.
Esperó unos segundos, como si el reloj fuera a corregirse solo. Sintió un malestar en el estómago. No era miedo, no, quizá algo peor. Por un instante tuvo la certeza de que el mundo se había saltado las reglas y eso le inquietó. Decidió comenzar de cero.
Preparó el desayuno, se lavó, regó las plantas que tocaba ese día y en el orden correcto. Salió a saludar al cartero con la frase de siempre. Caminó pisando solo las baldosas oscuras; nada parecía fuera de lugar. Todo encajaba.
Él sabía que sus manías no las tenía por casualidad, eran un escudo y aquel día, por primera vez en años, le había surgido una grieta.
En el bar, pidió el café. Cogió la taza y la giró dos veces antes de beber. La cucharilla que el camarero había puesto mal, la apartó como si quemara. Pero, mientras bebía, no conseguía quitar la vista del reloj que colgaba sobre la estantería; iba un par de minutos atrasado.
Esto lo dejó pensativo, como si el error se hubiera desplazado de lugar. Pagó y salió a la calle, convencido de que algo iba a ocurrir. No sabía qué, pero lo esperaba. El reloj de la cocina no se había equivocado porque sí, algo había cambiado.
Volvió, como de costumbre, bordeando el seto de la plaza por la derecha y cuando llegó a la puerta se detuvo. Miró la cerradura, el felpudo. Entró, no ocurrió nada.
Al caer la tarde estaba decepcionado. Se sentó en el banco marrón de la plazoleta, frente a su casa, esperando sin saber a qué.
Y cuando se encendieron las farolas, pensó que ya no pasaría nada.
Entonces, oyó unos pasos y la vio llegar. Era Ana, la hija de la vecina que vivía tres puertas más allá.
Se sentó a su lado sin mirarlo al principio. Luego, levantando la vista, le tendió un caramelo sin decir nada.
Manuel no sabía que hacer. Nunca habían hablado. De hecho, siempre había tenido la impresión de que la niña no lo veía, como si él formara parte del mobiliario del pueblo.
Cogió el caramelo con cuidado, como si fuera a romperse y lo sostuvo un momento entre los dedos. Ana se quedó quieta, con las piernas colgando del banco, balanceándolas despacio.
—Gracias —dijo Manuel, con una voz que le sonó extraña incluso a él.
Ella asintió, se deslizó del banco y se alejó, como si el caramelo habiera sellado un pacto silencioso.
Manuel la vio alejarse bajo las farolas, pisando cualquier baldosa, sin elegirlas.
Olió el caramelo, era de menta. Se lo guardó en el bolsillo de la camisa.
Más tarde, ya en el porche, tomando la fresca después de cenar, pensó en el día. El reloj de la cocina, el del bar, la niña.
Se tocó el bolsillo, notó el caramelo y lo dejó allí.
