Donde todo empezó
El solar estaba vacío. Donde antes la maleza cubría el terreno, ahora solo quedaban las marcas de pisadas y neumáticos que se cruzaban grabadas en el barro helado. Me quedé quieto en el borde, con las manos en los bolsillos, mientras veía cómo el vaho de mi aliento se desvanecía.
Cerré los ojos y entonces lo escuché, era el viento entre las ramas que ya no estaban y por un segundo, bajo mis pies, el suelo desapareció. Entonces recordé el caserón, al fondo, hoy esqueleto, recubierto de sencillos ladrillos rojos, de cuyas chimeneas, en días fríos como el de hoy, salían grandes bocanadas de humo.
Al abrir los ojos, la visión desapareció.
De nuevo el frío y el silencio.
El aire olía a tierra recién removida y a hierba podrida. Las ramas crujían bajo mis pies y mis manos, llenas de pequeños cortes, estaban ásperas como papel de lija.
Daniel arrastraba los palés de madera. Al martillearlos para unirlos, el chirrido de los clavos oxidados me obligaba a cerrar con fuerza los dientes, creía que, apretándolos, evitaría la dentera.
Un denso olor a humedad nos envolvió cuando sujetamos la lona, que habíamos encontrado medio rota y manchada de óxido, sobre unos palos.
—Si traemos más palés, hacemos las paredes —dijo Daniel, arrastrando uno mas—. Como una casa.
Sus ojos brillaban, era como si tuviera prisa por terminar, como si supiera que todo aquello no podía durar.
—¿Para qué? Ya tenemos techo.
—Para que sea más de verdad.
—¿De verdad? ¡Como si no lo fuera!
Estuvimos horas; arrastramos ramas secas, apilamos piedras y terminamos de cubrir todo con la lona. El sudor me resbalaba por la espalda, pero no me atrevía a quejarme; Daniel no lo hacía. Y en ese rato de silencios y jadeos compartidos, sentí que estábamos construyendo algo más que un refugio. Estábamos levantando nuestro propio mundo.
Cuando terminamos, Daniel se plantó en la entrada con las manos en la cintura. El sol se filtraba entre la lona, dibujando franjas de luz y oscuridad.
—¡Este es nuestro reino!
Lo dijo con tanta solemnidad que me hizo sentir un escalofrío.
Al día siguiente, el reino se convirtió en una nave espacial; Daniel, con las manos apoyadas en una caja de madera, que hacía de panel de mandos, movía los dedos accionando interruptores imaginarios, y yo, agachado a su lado, sostenía un palo que era nuestro «sistema de comunicación».
Inventamos nuestra misión: salvar el mundo de unos seres monstruosos que nos acechaban desde el espacio, entre las estrellas. Daniel, el capitán, daba las órdenes con voz firme y yo, el ingeniero, asentía mientras dibujaba con el dedo, nuestra ruta en la tierra seca.
Pero cuando Daniel se cansó de pilotar, dejó de hablar de la misión y empezó a mirar el reloj con impaciencia.
El sol ya no entraba igual por los huecos de la lona, y las sombras se alargaban como dedos. El viento movía las ramas secas, y el crujido sonaba como pasos que iban y venían. En ese momento, Daniel se levantó se sacudió las rodillas y suspiró.
Para él era un juego con un final marcado por la hora de la merienda. Para mí era un universo que seguía vivo, las sombras eran guardianas, el viento susurraba órdenes y las grietas de la lona eran un mapa de la galaxia.
Cada día era una aventura diferente: un castillo asediado por ejércitos invisibles, una base de espías donde cifraban sus mensajes, una isla desierta donde yo establecía las reglas…
Daniel veía esto como un juego, para mí en cambio era todo un mundo. Él prefería correr tras una pelota, gritando y riendo con otros niños. Yo, tras las historias que nadie más podía ver.
Descubrí entonces, que me gustaba más inventarlas que vivirlas.
Pasaron las semanas y las ausencias de Daniel empezaron a ser lo habitual. Primero dijo que tenía que estudiar, lo dijo sin mirarme, luego, dejó de inventar excusas. Simplemente no vino más.
Yo seguí yendo.
Entre aquellas ramas retorcidas, el mundo lo veía distinto. Lo que yo miraba y describía parecía que existiera.
La última vez que Daniel me acompañó, el cielo estaba de color plomizo; nos estaba avisando. La lluvia cayó de golpe, sin control, perforando la lona y colándose por las rendijas como si buscara mojarlo todo. Los palés con el viento empezaron a ceder; nuestro refugio se tambaleaba como un animal herido.
Cuando salimos, Daniel pateó un charco.
—¡No aguanta más! —dijo al fin— se acabó.
—Podemos reconstruirlo.
—¿Para qué? —dijo mirándome— ni siquiera vienes ya a jugar; te quedas aquí solo, escribiendo.
Me quedé quieto. No supe qué responder, porque tenía razón.
—Nos vemos —dijo, y echó a andar sin esperar mi respuesta.
Supe que no volvería, ni siquiera a despedirse del reino que habíamos creado.
La tormenta terminó el trabajo. Al día siguiente, solo quedaba un montón de maderas rotas y barro.
Mis padres, que nunca habían aprobado nuestras excursiones, nos prohibieron que volviéramos. Un tiempo después, nos mudamos.
La última tarde, cuando terminamos de cargar los camiones que se llevarían nuestros muebles, me escapé. El descampado ya no era nuestro, alguien había tirado escombros donde estuvo el refugio. Me arrodillé, escarbé con las manos buscando algo, no sabía que. Encontré un trozo de lona azul, sucio y rasgado; lo guardé en el bolsillo.
—Volveré —le dije al viento.
Mentí.
Crecí.
Hoy, de pie frente al solar vacío, entiendo que aquí es donde aprendí que los reinos no se construyen con maderas, sino con palabras.
Saco el trozo de lona del bolsillo. Está desgastado, casi descompuesto, lo aprieto entre los dedos y sonrío.
Abro la libreta que siempre llevo conmigo y en la primera página escribo:
Aquí es donde empezó todo, aunque ya no quede nada.
