El tren fantasma (I Parte)

Ese día, en el pueblo, la niebla densa y pegajosa se agarraba a todo lo que encontraba mientras lamía las piedras de las casas e iba dejando su humedad adherida a ellas. Las farolas, que parecían colgar de la nada, eran como grandes ojos flotando en el aire.

El río Trubia, que bordeaba el pueblo, era el artífice de esas nieblas. En otoño e invierno era frecuente que eso sucediera. Uno, a pesar de llevar toda la vida viviendo allí, no terminaba de acostumbrarse a no ver nada a dos palmos, cuando salía a la calle.

Julián detuvo el coche frente al portón iluminado de la casa de sus padres, bueno, la suya de momento.
Al acercarse a la puerta, le pareció oír un lejano silbido; no era el viento ni el río. Se quedó quieto, expectante, en un intento baldío de captar algo más. Pero no hubo más. En ese momento, su madre abrió la puerta y rompió el hechizo.

—¡Julián! —La firme voz de su madre se elevó al cielo.
A la vez que lo abrazaba, reía con la torpe ternura de quien ha esperado mucho tiempo.
Cuando ella entró en la casa llamando a su marido, Julián se asomó a la calle. Obsesionado con lo que creía haber oído, no vio nada que le indicara si realmente había sido un silbido; solo se podía oír el lejano rumor del río. En ese momento le vinieron a la cabeza los cuentos que su abuelo y los ancianos del lugar contaban. No sabía por qué, pero lo que sea que hubiera oído o creído oír, se lo recordó.

Lo sacó de sus pensamientos una mano fuerte le agarró del brazo y tiró de él. No le dio tiempo a nada, su padre lo estrujó en un abrazo y sus manos le palmearon la espalda sin miramientos.
Luego cogió las dos maletas, que Julián había dejado en la puerta con esfuerzo, como si fueran dos bolsas de papel.
En el comedor estaba su hermana, Lucía, que se abalanzó a su cuello llenándolo de besos y abrazos.
Su abuelo Lucas, sentado frente al hogar, hizo el ademán de levantarse cuando Julián fue a abrazarlo.
Un olor a leña, asado y fiesta lo inundaba todo.
Cuando finalmente después de cenar se quedó solo en su habitación, recordó una historia en particular que su abuelo Lucas le contó, era la de: «El tren fantasma».

Según recordaba, hacía tiempo que se explotaba en el pueblo una mina de carbón. Para bajar el mineral se tendió un ramal a la vía del ferrocarril. La distancia apenas llegaba a cinco kilómetros y para salvar el rio tuvieron que construir un puente.
Una noche de otoño, oscura y con niebla, uno de los pilares del puente no aguantó y se vino abajo. Nadie avisó de ello y el tren se precipitó al río. Murieron dos maquinistas y diez mineros que volvían a casa. Desde entonces, y de eso hacía setenta años, en otoño, los días de niebla, cuentan los viejos que se oye el silbido del tren como si todavía circulara por las vías abandonadas.

Al día siguiente, Julián le pidió a su abuelo que le volviera a contar la historia del tren; por si se acordaba de algún detalle más.
Esa misma tarde, fueron juntos al hogar del jubilado. Los ancianos, al calor de la estufa, corroboraron la historia. Yo lo escuché el año pasado, dijo uno. ¡Y lo vio el hijo de Marta, lo juro!, añadió otro. No todos estaban de acuerdo y había quien insistía en que aquello no eran más que cuentos para asustar a los niños.

La noche siguiente, Julián salió a pasear por la antigua vía; llevaba una linterna y con él iba Bruno, un viejo Collie que en sus tiempos ayudaba a su abuelo con el ganado y que aunque mayor, todavía seguía manteniéndose siempre alerta.
No habían recorrido ni un kilómetro cuando el perro se paró; meneaba la cola y gruñía. Julián también lo hizo y a lo lejos pudo oír el silbido de un tren. Pensó: ¡Qué raro! Y en ese momento las vías comenzaron a vibrar.

Instintivamente se apartó a un lado y, al poco, notó como una fuerte corriente de aire lo empujaba, parecía como si un tren invisible pasara a su lado.
Era escéptico respecto a esas historias y lo que acababa de pasar no tenía explicación racional. Ya no eran historias de viejos, él había percibido el paso de algo por la vía y oído el sonido del tren.