Caminando sobre las piedras

Everybody Hurts – R.E.M.

Se sentía como al caminar descalzo sobre grava: un dolor soportable, pero constante.
Cada mañana, cuando sonaba el despertador, José miraba la cama con tristeza. Él a un lado y en el resto un desierto de sábanas frías.

Respiraba y solo notaba su propio olor. Ningún ruido… Solo el peso de la soledad y el silencio.
El desayuno era una obligación necesaria: café con leche y un par de galletas. Un bocadillo, con el pan reseco del día anterior, y un plátano para el almuerzo.

Tres años, dos meses y dieciséis días. De lunes a viernes, la misma rutina. Cerraba la puerta y, por la costumbre, aún echaba en falta el beso de despedida que nunca llegaba.

Después, el trabajo. Una oficina en la que el olor a polvo viejo, tabaco y café recalentado, viciaba el aire. Todo triste, todo gris.

Y los fines de semana… Hacía tiempo que… Ni recordaba la última vez que había hecho algo distinto.

Un sábado, al volver de la lavandería, se cruzó con un grupo de jóvenes que cargaban sus esquís antes de subir a un autobús. Aquella imagen pareció golpearle en su memoria.

Al llegar a casa, bajó al sótano, abrió unas cajas y sacó una mochila, un saco, unas botas gastadas… El roce con el material, el olor a sudor y el esfuerzo que le invadió, le produjo un escalofrío. Allí, delante de él, el monte, qué buenos recuerdos.

Nunca fue un escalador brillante, pero todavía recordaba la emoción de su ascensión al Naranjo de Bulnes. La vía normal, nada heroico y, sin embargo, para él toda una hazaña.

Buscó entre unas cajas y encontró el viejo proyector de diapositivas. Lo limpió, hacía mucho tiempo que no lo utilizaba. Apagó las luces para poder echar un vistazo atrás. Paisajes, rostros, caminos nevados, cielos despejados… Recordó esos momentos de plenitud, esos en que no le dolía caminar.

En esos momentos comprendió algo: la vida le había obligado a continuar solo, pero no a sentirse roto. Quizá llevaba demasiado tiempo andando descalzo sobre las piedras. El camino seguiría siendo duro, pero podía buscar otra ruta… o fortalecer los pies.
Con la última diapositiva grabada en su retina, decidió que era hora de cambiar.

El siguiente lunes, el despertador no le sorprendió en la cama, sino en la cocina, preparándose huevos revueltos y tostadas.
Fue al trabajo en bicicleta; las piernas protestaban, pero en ese dolor había una sensación de conquista. Al entrar en la oficina, saludó con una sonrisa. Vio que Marta, la recepcionista, se quedó mirándolo como si no le reconociera.

Ese sábado, a media mañana, José se sentó en una roca con la mochila apoyada a su lado. Frente a él, las aguas del ibón de Estanés brillaban bajo un sol intenso y claro.

En su rostro, por primera vez, en mucho tiempo, se dibujó una sonrisa que no parecía artificial.